¡Bienvenidos/as a "Jugando con fuego"!

Lo principal, advertiros que este fic contiene temas sensibles, aunque ya deberíais saberlo
si le habéis dado a "continuar" cuando os saltó la advertencia de contenido adulto.
Como podéis observar este fic es muy distinto a los anteriores,
aunque cumple con algunas semejanzas como que no diré el nombre de la protagonista
para que podáis introduciros de lleno en la historia, que procuraré que solo narre
la protagonista (a no ser que haga algún capítulo especial), etc.
Gracias por leer, ¡y a disfrutar de la historia!

sábado, 22 de julio de 2017

Capítulo 7:

     Las horas restantes de instituto transcurrieron con extrema lentitud. Después de haberle expresado a Castiel mi conformidad respecto a hacer el trabajo con él, no volvimos a dirigirnos la palabra. Eso sí, todo lo que no llegamos a exteriorizar con nuestras propias cuerdas vocales, parecieron manifestarse con el simple brillo de nuestros ojos.

     Al terminar el instituto, recogí mis cosas y, como siempre, me dirigí a la taquilla para guardar algunos libros y coger otros. Estaba a punto de terminar mi cometido cuando sentí una presencia tras de mí. Nada más girarme, me encontré con los ojos plateados e intensos del pelirrojo.


     Se aproximó un tanto más y apoyó una de las manos en la taquilla de al lado, arrinconándome—. ¿Tienes algo que hacer hoy? —preguntó sin más, sin apartar su mirada de la mía.

     —E-ehm... N-no sabría decirte —contesté, apartando un tanto la mirada, algo intimidada por aquellos orbes metálicos que comenzaban a volverme loca con tan solo verlos, y fijé la vista en su camiseta de Winged Skulls de color rojo—, tengo que hacer los deberes, estudiar, ordenar un poco la habitación... y, bueno, supuestamente sigo castigada. Sin portátil y sin poder salir.

     —Supuestamente —volví a mirarlo al notar el tono sarcástico con que dijo aquello y observé cómo una sonrisa de lado se había dibujado en su rostro—. Quedamos hoy, en mi casa. Supongo que ya sabes cómo llegar —iba a reprocharle, pero me interrumpió—. Dile a tus padres que hemos quedado para hacer el dichoso trabajo —me quedé pensativa por unos instantes, pero finalmente acabé asintiéndole—. A las 5. Más te vale no hacerme esperar, enana.

     Tras decir aquello último, se apartó ligeramente de mí y, tras sonreírme, se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la salida del instituto, manteniendo la mano levantada para despedirse de mí.

     Mientras tanto, no muy lejos de allí, aquella rubia de cabellos rizados y ojos turquesas no se había perdido ni un ápice de la situación en sí. No iba a rendirse tan fácilmente.

*     *     *

     Tras llegar a casa, dejé rápidamente la mochila en mi habitación y me apresuré a ir a la cocina para ayudar a mis padres a poner la mesa. Mi idea era hablarles sobre el hecho de que me dejasen salir esa misma tarde durante la comida, pero una vez que nos sentamos en la mesa, papá encendió la tele y, como siempre, empezaron a hablar de temas arbitrarios, entre ellos, algunas deudas que se habían quedado atrasadas y que debían de ser pagadas antes de que se amontonasen con otros pagos.

     El sonido de la tele de fondo y la conversación entre mis padres comenzó a incomodarme cada vez más sin poder evitarlo. Pocas veces habían sido las ocasiones en que mis padres me habían castigado, y eso, sumado al respeto que les tenía, me causaba cierta tensión.

     Recuerdo que una de las veces que fui castigada fue cuando, de pequeña, con unos 9 o 10 años, me pillaron cogiendo dinero de la cartera de mi madre para poder comprarme algún capricho. Se enfadaron mucho conmigo, pero tras disculparme con ellos y prometerles que no lo volvería a hacer, me perdonaron y me dijeron que si necesitaba dinero para cualquier cosa, que pidiese antes permiso y ellos mismos me lo darían si consideraban que era necesario. Desde entonces, me he vuelto algo más ahorradora con el dinero. Algún aspecto positivo tenía que sacar de aquella experiencia, ¿no?

     En un momento dado, dejé el tenedor sobre la mesa y alcé la vista hacia ellos. Al ver que no seguía comiendo, ambos desviaron la vista hacia mí—. ¿No vas a comer más? —mi madre se mostró levemente preocupada.

     —Ehm... No es eso —hice una pequeña pausa y respiré profundamente para sacarles el tema—. Hoy en clase nos han mandado un trabajo en grupo y, he acordado en quedar en casa de un compañero —antes de que pudieran decir nada, los interrumpí—. Sé que estoy castigada, es por eso que intentaré avanzar el trabajo lo más que pueda y me encargaré de volver lo antes posible a casa.

     Al terminar de decir aquello, vi cómo el gesto de mi madre se suavizaba, mostrándose conforme con mis palabras. Sin embargo, mi padre seguía sin estar muy convencido.

     —¿De qué asignatura has dicho que era el trabajo? —preguntó.

     —De literatura. Por lo visto el trabajo es bastante extenso y nos ha dejado una semana para terminarlo, así que tendré que quedar más días además de hoy —al ver que iba a volver a preguntar algo, añadí lo siguiente—. El profesor nos indicó que es obligatorio y que cuenta como nota de examen, así que es importante que lo entregue la fecha indicada —mi padre suspiró.

     —En fin, si no hay más remedio... —hizo una pequeña pausa, suavizando un poco el gesto—. Pero más les vale a los de tu grupo acompañarte hasta la puerta de casa cuando vuelvas.

     —Papá, no soy una niña pequeña. Puedo volver sola.

     —¿Sola? ¿Para que te pase algo mientras vuelvas? ¡Ni hablar! —frunció levemente el ceño—. Si no pueden acompañarte, iré yo mismo a recogerte.

     —¡Está bien, está bien! No volveré sola, lo prometo.

     Tras aquella conversación, el almuerzo siguió como de costumbre, aunque, al analizar lo que habíamos dicho, parecía como si mis padres creyesen que el grupo en sí éramos más de 2 o 3 personas, cuando en realidad solo éramos Castiel y yo. Finalmente, decidí no aclararlo, ya que de ser así, mi madre no pararía de interrogarme y mi padre se pondría en modo sobreprotector. Hablar de chicos delante de ellos nunca fue una buena idea... Ya había aprendido la lección y si algo había aprendido era que cuanto menos supiesen de cualquier relación que tuviese con algún chico, mejor.

     Al terminar de comer y de ayudar a recoger un poco la mesa, subí las escaleras que conducían al segundo piso para ir a mi habitación.

     A pesar de estar castigada, había conseguido mi cometido: los había convencido para ir a casa de Castiel. Aunque era cierto que el trabajo era extenso y deberíamos empezarlo lo antes posible, podía intuir que ese día no llegaríamos a avanzar demasiado, o al menos, si le dejaba caer mi decisión.

     No podía evitar sentir los nervios a flor de piel.

martes, 11 de julio de 2017

Capítulo 6:

      El resto del día transcurrió con aparente normalidad. Las tres primeras horas tuve la suerte de no coincidir en ninguna asignatura con el pelirrojo, por lo que pude pensar con cierta tranquilidad para así organizar mis ideas e intentar calmarme un poco.

     Estuve atenta a las explicaciones de los profesores, sí; pero en ciertas pausas y cambios de hora, mi mente se dedicaba a centrar mis pensamientos hacia aquel chico en cuestión. La balanza estaba estabilizada. Aunque fuesen pocas, tenía la misma cantidad de razones para decirle que sí como para decirle que no. En el "NO" estaban motivos como la vergüenza, el no conocer del todo al chico en cuestión o el que mis padres u otras personas lo descubriesen, mientras que en el "SI" estaban la curiosidad, la indudable atracción que sentía por él y el querer ver a dónde podía llegar a parar todo aquello.

     Mordisqueé el extremo del bolígrafo que tenía entre mis manos y alcé la vista hacia el reloj del aula que había colgado entre las dos pizarras, algo más arriba de estas. Quedaban a penas unos minutos para que el timbre indicase la hora del receso. Si me lo encontraba, ya no tendría escapatoria ni excusa de ningún tipo. Debería enfrentarlo y darle una respuesta.

     "No voy a obligarte a nada". Aquella frase resonó en mi mente por un instante, produciéndome un leve y agradable cosquilleo por todo el cuerpo. Mis mejillas se colorearon y el calor volvió a sofocarme por completo.

     Me sería difícil expresarlo, pero ya había tomado una decisión.


*     *     *


     El receso transcurrió con rapidez y por mucho que intenté buscar a aquel endiablado pelirrojo, no conseguí encontrarlo en ninguna parte del recinto. No sabía si sentirme frustrada o sentirme aliviada por no poder darle mi respuesta en aquel momento, pues a la par que quería dejarlo todo claro de una vez por todas, mi vergüenza era tal que podría quedarme sin palabras nada más tenerlo ante mí.

     Nada más sonar el timbre, volví a dirigirme hacia mi respectiva aula y dándome por vencida de encontrar al susodicho pelirrojo en lo que restaba de día a pesar de que este me hubiese hecho compañía en el autobús esa misma mañana.

     Me senté en uno de los pupitres que se encontraban situados al lado de la ventana y, al poco tiempo después, el respectivo profesor que me tocaba hizo su aparición y se colocó rápidamente en la mesa del profesor, haciendo que todos los demás alumnos de la clase terminasen de sentarse en sus respectivos asientos.

     Al cabo de unos diez o veinte minutos, llamaron a la puerta.

     ¿Se puede? preguntó, sin más, una voz conocida nada más abrir la puerta, captando mi absoluta atención y, sin esperar contestación alguna, entró en el interior de la clase.

     El chico sonrió abiertamente al observar que no había nadie sentado a mi lado y, sin pensárselo dos veces, se sentó junto a mí con total confianza. El profesor no dudó en regañarlo por el retraso, pero al ver que no le echaba cuenta, acabó dándose por vencido, siguiendo las explicaciones del tema que estábamos dando.

     Mis ojos se desviaron cautelosamente hacia el pelirrojo y lo observé de reojo. A pesar de su inesperada entrada y de haberse sentado a mi lado, no parecía que en aquel momento fuese a sacar de nuevo aquel asunto pendiente entre nosotros. De hecho, no parecía que fuese a dirigirme la palabra en todo lo que quedaba de día. Lo que no sabía era si lo hacía por consideración o por algún otro motivo.

     Volví a dirigir la mirada hacia la pizarra y no pude evitar removerme un poco en el sitio. Tenía los nervios a flor de piel, pues a pesar de querer hablarle del tema, no quería hacerlo en un lugar así, además de que tan siquiera sabía cómo sacarle el tema sin antes morirme de la vergüenza.

     La clase continuó con normalidad a pesar de mi inquietud y unos minutos antes de que volviese a sonar el timbre para avisar del cambio de asignatura, el profesor volvió a llamar nuestra atención.

     —Bien chicos, seguiremos con el temario el próximo día, pero antes de que os marchéis como locos, os emparejaré para un trabajo que debéis entregarme la semana que viene —el murmullo de los alumnos no se hizo esperar—. Esta vez he decidido hacer yo mismo las parejas para así no formar tanto alboroto ni tardar tanto al formarlas.

     Algunas quejas no tardaron en hacerse sonar, pero el profesor hizo caso omiso a estas y comenzó a dictar los apellidos de cada alumno con su correspondiente pareja. Cuando finalmente llegó a mi apellido, hizo una pequeña pausa y me dirigió una leve mirada para finalmente decir el de mi compañero de pupitre.

     Mis ojos se abrieron de par en par mientras el profesor seguía dictando apellidos con total naturalidad. Desvié la mirada hacia el pelirrojo al instante, encontrándome con sus grises y gélidos ojos, y al instante después, el chico hizo una leve mueca.

     —¿Qué hay con ese gesto? —soltó un silencioso bufido, rascándose ligeramente el pelo y apartando la mirada, a la vez que su gesto se fruncía un tanto—. Si tan incómoda te sientes al estar en mi mismo grupo, solo tienes que decirlo... Hablaré con él, pero deja de poner esa cara.

     Apartó ligeramente la silla de su pupitre con desgana y cierta molestia, pero cuando estuvo a punto de levantarse para ir a hablar con aquel hombre, lo detuve.

     —E-espera... —mis manos habían agarrado la suya con fuerza casi de forma impulsiva y mi voz no había salido todo lo segura que me gustaría, pero cumplí con mi cometido. El chico desvió la mirada hacia mí—. No... no hace falta. Estoy a gusto si es contigo. No es necesario que vayas a hablar con él —mi vista se mantuvo fija en el suelo, sin poder evitar sentirme un tanto avergonzada.

     El chico se mantuvo en silencio durante unos segundos.

     Si hubiese alzado la vista en aquel momento, podría haber visto cómo una tierna sonrisa se dibujaba en su rostro y cómo su mano restante intentaba ocultar tanto esta, como el leve sonrojo que le cubrían las mejillas.

sábado, 17 de junio de 2017

Capítulo 5:

      Martes.

     Nada más llegar a la parada de autobús, pude ver en la lejanía cómo el vehículo se iba acercando por la amplia carretera a medida que transcurrían los segundos. Ensimismada, me quedé observándolo con parsimonia, como si no me importase realmente perderlo y llegar tarde al instituto.

     Todavía no comprendía del todo qué era lo que había ocurrido el día anterior, a qué había venido aquel último beso tan… extraño, pero sobre todo, qué era lo que me estaba ocurriendo, pues desde aquel día que desperté en la casa del pelirrojo, no había podido sacármelo de la cabeza.

     ¿Realmente estaba reconsiderando su oferta? Ni yo misma podía creérmelo. Sin embargo, el tan solo pensar en volver a probar aquellos labios, el encontrarme una vez más entre sus brazos y el imaginar cuántas sensaciones más me podría causar, hicieron que mi cuerpo se estremeciera por completo.

     El autobús se estacionó frente a mí y, con un leve chirrido, la puerta se abrió, permitiéndome entrar en el interior del vehículo y, aún sin dejar de pensar en el pelirrojo, me adentré en él. Alcé la vista hacia el conductor y lo saludé con un leve gesto para después pagarle el viaje como de costumbre.

     “Dime que no has pensado en volver a hacerlo estando sobria, aunque solo sea para sentir lo que sentiste aquella noche. Desmiénteme eso y te dejaré tranquila”. Aquellas palabras resonaron en mi mente mientras me dirigía a mi asiento habitual, uno de los asientos del lado izquierdo del autobús. Casi sin pensarlo dos veces, me situé al lado de la ventana y dejé reposar la mochila a mi lado, en el asiento contiguo.

     Pues claro que lo había pensado. De hecho, hacía tan solo unos segundos estaba meditando sobre ello. Era imposible ignorar el hecho de que nos habíamos acostado, que habíamos compartido cama y sensaciones increíbles a pesar de que no me acordase de cómo habíamos llegado hasta aquel punto, pero sí recordaba ciertas imágenes de aquella noche de pasión y, la mayoría de ellas eran demasiado íntimas como para contarlas.

     Tras subirse un último pasajero, el autobús cerró sus puertas y se puso en marcha sin esperar más tiempo del necesario.

     Fue entonces cuando lo reconocí. En aquel momento no supe diferenciar si el sonrojo de mis mejillas era debido a mis sucios pensamientos o a causa de que, aquel último pasajero había resultado ser nada más ni nada menos que el responsable de mis desvaríos y mis últimos desvelos: Castiel.

     Con gesto serio, miró a su alrededor sin moverse del estrecho pasillo de aquel autobús, casi con la esperanza de encontrar algo o a alguien. Como era de esperar, tras echar un rápido vistazo, sus ojos acabaron por fijarse en mí y, nada más reconocerme y observar mi gesto avergonzado, transformó aquel gesto tan serio en uno más sosegado y sonriente, con ese matiz burlesco que tanto le caracterizaba. No llegó a saludar, ni siquiera a decir nada, simplemente se dirigió hacia mí con pasos seguros y aquel gesto dibujado en su rostro.

     —¿No vas a dejar que me siente? —dijo sin más tras aproximarse lo suficiente al asiento en el que estaba sentada.

     Eché un vistazo al asiento de mi lado, percatándome de que se refería a mi mochila, la cual estaba reposada cómodamente en aquel sitio. Aún algo dubitativa, tomé la mochila para después situarla encima de mis piernas y estrecharla contra mi cuerpo. Mis manos temblaban a causa del nerviosismo y mis mejillas se mantuvieron con aquel sonrojo en todo momento, casi como si su intención fuese delatar la vergüenza que sentía al haber estado pensando en aceptar la propuesta de aquel pelirrojo.

     El chico arqueó una ceja, extrañado por mi actitud, sin embargo no hizo comentario alguno y se sentó a mi lado. Por mi parte, desvié la mirada hacia la ventana, queriendo distraerme viendo las casas, las tiendas y los edificios pasar mientras nos dirigíamos hacia el instituto en aquel autobús, pero el reflejo del pelirrojo en aquella ventana volvió a captar mi atención. El chico me observaba fijamente, casi con curiosidad.

     —...Es la primera vez que te da por coger el autobús —comenté para intentar romper un poco el hielo—. Normalmente vas andando. Te veo siempre yendo solo en unas calles más adelante —el pelirrojo sonrió al escuchar eso último.

     —No sabía que me espiabas.

     —¿Eh? —volví a desviar la mirada hacia él—. N-no era eso lo que quería decir. Me refería a que cada vez que voy en autobús, te veo... —me interrumpí al notar que iba a sonar como si realmente lo hiciese y fruncí levemente el ceño—. Yo no te espío, idiota.

     — ... —el chico ensanchó la sonrisa, burlón, mostrando levemente los dientes—. Ya vuelves a ser la de siempre. Me estaba asustando que te estuvieses comportando de una forma tan... tímida —aproximó el rostro al mío, concretamente hacia mi oído y susurró lo siguiente—. Aunque después de lo del sábado, podemos dejar de lado la timidez, ¿no crees?

     Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, desde el oído al que se había aproximado para decir aquello hasta las puntas de mis pies. Avergonzada, lo aparté de mí con una de mis manos mientras que con la otra sujetaba con fuerza la mochila, apretándola contra mi pecho y sintiendo el rostro arder—. D-déjate de tonterías.

     —Has pensado en mi propuesta, ¿cierto? —aquella afirmación me tomó totalmente desprevenida—. Es por eso que estás actuando tan raro —me quedé petrificada observando un punto fijo en el suelo, con los ojos como platos y el rostro completamente enrojecido. ¿Acaso era tan evidente?

     El chico al ver que no le respondía y al notar mi reacción, apartó el reposabrazos que nos separaba para después aproximar su mano y tomar mi mentón para que volviese a mirarlo directamente. El corazón me latió con fuerza y, a pesar de intentar alejarme, él no me soltó. Por el contrario, aproximó rápidamente su rostro para sellar una vez más nuestros labios. Mis defensas se derrumbaron al instante después de que sus labios se moviesen y presionasen sobre los míos. No podía... No. No quería rechazarlo.

     Fue entonces que tomé en cuenta en dónde nos encontrábamos y me separé rápidamente de él, apartándolo de mí con las manos y dejando estas sobre su pecho para tomar cierta distancia de él. Pude fijarme en que sus ojos, levemente entreabiertos, me observaban con cierto centelleo ardiente, pero no insistió en volverse a acercar.

     —No voy a obligarte a hacer nada —mencionó repentinamente—, pero si hago esto y no te resistes ni haces nada para evitarlo, está claro lo que significa. No me has dado ninguna respuesta, pero aun así no parece que quieras alejarme de ti —tomó mis manos y las sujetó por un momento para después coger la mochila que aún se encontraba situada entre mis piernas y la dejó caer al suelo—. ¿Por qué dudas? No te estoy ofreciendo ninguna relación formal ni nada que te encadene. Además, si realmente no lo quisieras, me habrías rechazado directamente sin dejar la respuesta en vilo —se relamió los labios y tiró suavemente de mí para aproximarme a él—. Tanto si vas a decir que sí como si no, deberías dejarlo claro.

     Estuve a punto de decir algo, lo primero que se me pasase por la cabeza, pero fue entonces cuando el autobús frenó de improvisto. Habíamos llegado al instituto. Aprovechando la confusión, me libré de su agarre y, cogiendo la mochila, pasé por encima de él y salí corriendo del autobús con el rostro completamente enrojecido.

     Sí, era cierto que tenía que darle una respuesta, pero no podía hacerlo en ese momento. No en medio de un autobús público, no en medio de tanta gente que podría haber escuchado nuestra conversación. Me negaba a hablar de algo  tan privado en un sitio así. 

jueves, 11 de mayo de 2017

Capítulo 4:

     Me mantuve inmóvil y en completo silencio. Mis mejillas no podían estar más rojas en aquel momento. Me era imposible desmentirle aquello ya que si lo hacía, estaría mintiendo, y eso era algo que se me daba fatal.

     Su sonrisa se ensanchó al ver que no le contestaba, manteniendo sus ojos fijos a los míos, como si estuviera tratando de provocarme o algo por el estilo. Los latidos de mi corazón se aceleraron al notar cómo su rostro se comenzaba a aproximar al mío.

     No quería volver a caer en su juego, pero la tentación y el anhelo de volver a probar sus labios una vez más fue tal, que me fue imposible reaccionar, dejando que su boca poseyera la mía y que su lengua, ágil y dominante, recorriera mi paladar con insistencia.

     Mis piernas flaquearon en el momento en el que el pelirrojo tomó de mi cintura, apegándome a él y evitando que cayera al suelo. Posé las manos en su pecho con la intención de separarlo de mí, pero en vez de eso, me aferré a su camiseta y correspondí su beso, entrelazando nuestras lenguas y empezando a sentir que me faltaba el aire necesario para respirar.

     Me separé como pude de él, jadeante y con el rostro completamente enrojecido. Al parecer, no quiso hacer ninguna tregua. Sus labios volvieron a tomar los míos, pero esta vez con una delicadeza que casi me sorprendió. Entreabrí los ojos para poder observar su rostro, pero en vez de aquello, me encontré con su metálica mirada, haciendo que mi corazón se acelerara aún más si era posible.

     Sus manos se mantuvieron alrededor de mi cintura, queriendo apegarme lo más posible a él. Fue entonces cuando sus dientes tomaron mi labio inferior, succionándolo y saboreándolo con su lengua.

     —Eres mía a partir de ahora.

     —No soy propiedad de nadie… —contesté en un suspiro al notar que una de sus manos había descendido hasta mi trasero, comenzando a masajearlo, liberando mi boca al fin. Podía notar los labios palpitar. Estaba segura de que incluso los tenía un tanto hinchados.

     —Buena respuesta pero… —elevó las comisuras de sus labios a la vez que se los relamía un momento. Esto empezaba a semejarse a una tortura. A una deliciosa tortura—, esa vocecilla tuya no ayuda demasiado si de verdad no quieres ser de nadie —en un tortuoso y lento movimiento, apegó sus caderas a las mías y una risita escapó de sus labios al escucharme jadear—. Si sigues mirándome así solo conseguirás que quiera hacerte mía aquí mismo.

     Aparté la mirada inmediatamente y, con una fuerza que casi pensé que se había desvanecido, conseguí apartarlo de mí de un empujón, derrumbándome en el acto. Maldije a mis piernas mentalmente al notar que aún me temblaban, incapaz de levantarme del suelo.

     —Supongo que ya es suficiente por hoy —estaba empezando a desear quitarle esa atractiva pero estúpida sonrisa de la cara.

     Se agachó un momento para seguidamente alzarme entre sus brazos. Su aroma volvió a invadir mis fosas nasales y mis mejillas ardieron una vez más.

     —S-suéltame. Puedo andar sola —en ese momento hubiera preferido que me dejara allí tirada antes que estar viviendo semejante espectáculo. Todo esto era demasiado embarazoso.

     —No creo que seas capaz. Además, verte así de avergonzada... me encanta —su sonrisa ladeada no faltó mientras pronunciaba aquellas palabras.

     Cómo odiaba a este idiota, pero a la vez, cómo me hacía sentir con tan solo un gesto suyo.

*     *     *

     Quedaba tan solo una manzana para llegar a mi casa y todavía no me había soltado. Yo le replicaba que me dejara en el suelo de una vez y me dejara ir por mi cuenta desde allí, pero él hacía oídos sordos. Al parecer le divertía toda aquella situación.

     —¿Qué te parece si te llevo hasta la puerta y de paso dejo que tus padres nos vean así? —rio con sorna.

     Cansada de todo aquello, ignoré su chiste y esperé pacientemente a que en algún momento me soltara, pero eso no ocurrió, al menos hasta que llegamos al interior del patio de mi casa. Tras dejarme en el suelo, aparté la mirada sin saber muy bien qué decir.

     —En fin. Ya nos veremos en el instituto —musité sin más, dispuesta a subir por donde había salido momentos antes, sin querer volver a encararlo. Sin embargo, antes de siquiera tomar la cuerda, su mano agarró mi muñeca, haciendo que me voltease a verlo.

     Nada más hacerlo, sus labios volvieron a presionar los míos con vehemencia mientras que al mismo tiempo tiraba suavemente de mi muñeca para que me aproximase. Cautivada una vez más por sus carnosos labios y su suave pero ardiente beso, volví a bajar la guardia, dejando que colocase mi brazo alrededor de su cuello e hiciese yo lo mismo con el otro. Sus manos se pasearon libremente por mi figura hasta finalmente recolocarlas en dos sitios estratégicos que consiguieron ponerme la carne de gallina y unos fugaces escalofríos me recorrieran por completo: la parte baja de mi espalda y mi cuello.

     Suspiré sin poder evitarlo.

     Sus labios se movieron una vez más sobre los míos a la vez que su mano ejercía cierta presión sobre mi cuello, masajeándolo y acercándome más a él si era posible, para segundos después separarse de mi boca lentamente.

     En cuanto mis ojos se entreabrieron, se encontraron con los ojos plateados del pelirrojo. Grises como el metal, centelleantes cual cristal expuesto a la luz, y… tan profundos como el mismo deseo que estos expresaban. Mi cuerpo tembló ante tal intensa mirada.

     Su calidez fue desvaneciéndose a medida que su cuerpo se iba alejándose del mío. En silencio, se apartó lo suficientemente de mí y, seguidamente, me dio la espalda, comenzando a caminar.


     —Hasta mañana, morena —fue lo último que escuché decirle antes de verlo desaparecer del lugar.

martes, 22 de julio de 2014

Capítulo 3:

     No sabía cómo demonios había llegado a aquella situación.

     Mi cabeza daba vueltas sin cesar, estaba estática, casi sin poder creerme lo que estaba sucediendo en aquel mismo instante, y por si fuera poco, mis mejillas se hallaban encendidas a más no poder. Aun así, todo eso no se comparaba a la eléctrica sensación que me causaba el tener sus labios sobre los míos.

     Habían pasado ya un par de semanas desde que me hizo aquella... “proposición”. Según él solo sería fingir y nada más, parecer una pareja normal como cualquier otra para librarse de la petarda de Ámber y así, que esta dejara de acosarlo.

     En un principio, comenzamos la “actuación” ese mismo lunes, en cuanto la rubia intentó acercársele como cuarta vez en todo el día. Por un momento pensamos que se lo había tomado demasiado bien, pero luego vimos cómo su rostro se volvía rojo de la furia, soltando un berrinche como una niña malcriada y cómo sus ojos se clavaron en mí como cuchillas, queriendo asesinarme con tan solo la mirada.

     Ámber todos y cada uno de los días seguía insistiendo en acosar al pelirrojo, pero este se las había arreglado para tenerme a su lado cada vez que la rubia aparecía.

     Hoy justamente, había vuelto a intentarlo y al final, había terminado por acabar con la paciencia de Castiel y, tras decirle un “¿Quieres comprobar que es mi novia?”, me plantó un beso sin siquiera esperarlo.

     Es por eso que en este mismo momento su boca se hallaba junto a la mía, incumpliendo una de las cosas que me había prometido: el no “tocarme”.

     Lo raro era que lo que me fastidiaba no era el beso en sí, sino el hecho de que lo estuviese disfrutando. No podía distanciarlo, es más, no quería que sus labios se alejaran de los míos.

    Saboreaba mi boca a su antojo, con una habilidad que hizo mis piernas temblar, pero a la vez, con una sutileza que me resultó increíblemente embelesante y adictiva. Por mucho que intentara rechazarlo, la sensación era tan cautivadora que me fue imposible negar aquel beso.

     No me dio tiempo a corresponderle. El pelirrojo se alejó de mi rostro dejando que nuestros labios se rozaran por última vez mientras sus ojos se clavaban en los míos.

     Sus orbes parecieron brillar por un instante, pero en seguida apartó la mirada, desviándola hacia la rubita que aún se encontraba allí. La chica tembló y apretó los puños con fuerza. Dos lágrimas se asomaron por su rostro y, dándose media vuelta, se fue de allí sin decir ni hacer nada más. No pude evitar sentir pena por ella.

     Tal vez nos hemos excedido un poco dije tras unos minutos en silencio, mirando a la nada, pero al menos ahora te dejará tranquilo.

     Sus ojos volvieron a dirigirse a mí, analizándome con la mirada sin responder ni hacer ningún comentario de los suyos, tan solo recorriendo mi cuerpo con sus ojos hasta fijarlos en mi rostro una vez más.

     Hoy a las 5, en el parque musitó de repente, tomándome por sorpresa.

     No puedo. Estoy castigada, ¿recuerdas? suspiré y me giré dándole la espalda, dispuesta a alejarme de allí. Pero una de sus manos detuvo mi paso, tomándome del hombro y haciéndome voltear una vez más, dejando nuestros rostros a pocos centímetros.

     No es ninguna pregunta. Es una afirmación. Vas a venir recalcó aquella palabra y, pasados unos segundos, me dejó ir.

     Su espalda fue lo último que pude ver antes de que desapareciera entre la multitud, entrando al edificio sin siquiera mirar atrás.

* * *

     Las manos me sudaban. No podía creer que en serio estuviese a punto de hacer aquello.

     Tomé el folio, el cual ponía “No entrar. Estoy estudiando” y lo pegué en la puerta con cinta aislante. Seguidamente, me adentré en mi habitación, cerrando la puerta con cerrojo, y me encaminé hacia la ventana.

     ¿Por qué tenía que hacer todo esto por quedar con un tío como él? ¿Es que acaso me había vuelto loca?

     Solté un suspiro y posé las manos sobre el marco de la ventana. Me estaba entrando vértigo de tanto mirar hacia el otro lado.

     Me senté como pude, sujetándome al marco y tomé aquella cuerda que había atado al escritorio y que descendía hasta el patio. Si mi casa tuviese solo una planta baja, no tendría que pasar por esto, pero al menos solo tendría que bajar de la segunda a la primera planta.

     Bajé con la máxima precaución e intentando no hacer demasiado ruido y, cuando pensé que ya había llegado al suelo, me solté de la cuerda. Cómo no, mi torpeza tuvo que hacer de las suyas y en vez de caer de pie, caí de culo.

     Un leve quejido salió de mis labios y poco a poco me recompuse. Seguidamente caminé rápidamente hacia la calle, dirigiéndome al parque cada vez más rápido y esperando que ninguno de mis padres les diera la picada de pasarse por mi habitación.

* * *

     Llegas tarde enana mencionó el pelirrojo en cuanto me vio dirigirme hacia él tras llegar al parque.

     Si hubieras tenido que bajar de un segundo piso por la ventana, no dirías lo mismo.

     Las comisuras de los labios del pelirrojo se elevaron, mostrando una sonrisa burlona. Hasta para mí se me hacía evidente lo que diría a continuación.

     Me hubiera encantado ver eso. Algo me dice que me habría reído de lo lindo de haber estado allí.

     Menos rollo. Dime de una vez qué es lo que quieres me crucé de brazos, frunciendo el ceño harta de sus bromas y fui directa al grano. Yo ya he cumplido con lo pactado. Ámber ya ha dejado de acosarte, ¿qué más quieres? me humedecí los labios, observando cómo su gesto se endurecía y continué. ¿Tan difícil es olvidar lo de aquel día y dejarme de una buena vez en paz?

     No dijo nada. Simplemente se limitó a acercarse a mí, haciéndome retroceder unos cuantos pasos para que no se aproximara más de lo debido y sentí cómo uno de los árboles del parque colapsaba contra mi espalda, impidiéndome retroceder más.

    ¿Por qué olvidarlo? preguntó a la vez que posaba una de sus manos al lado de mi cabeza, terminando por acercarse lo suficiente a mí como para que incluso notara su respiración. ¿Y por qué tendría que dejarte en paz? mis piernas temblaron al escuchar su voz tan cerca de mi oído y noté cómo una de sus rodillas se situaba entre estas, inmovilizándome–. Mírame a los ojos y dime que no te gustó, que no disfrutaste aquella noche...

     E-estábamos borrachos... Es imposible q-que te responda teniendo apenas vagos recuerdos de entonces.

     Sus labios volvieron a curvarse al escuchar mi débil voz y tuve que obligarme a desviar la mirada para no caer presa de aquellas orbes metálicas capaces de hipnotizarme en cualquier momento.

     Aun así lo recuerdas, aunque sea vagamente, pero sabes lo que ocurrió, ¿cierto? no respondí—. Entonces... tomó mi rostro con su mano restante e hizo que quedáramos de nuevo cara a cara, dime que no has pensado en volver a hacerlo estando sobria, aunque solo sea para sentir lo que sentiste aquella noche. Desmiénteme eso y te dejaré tranquila.