¡Bienvenidos/as a "Jugando con fuego"!

Lo principal, advertiros que este fic contiene temas sensibles, aunque ya deberíais saberlo
si le habéis dado a "continuar" cuando os saltó la advertencia de contenido adulto.
Como podéis observar este fic es muy distinto a los anteriores,
aunque cumple con algunas semejanzas como que no diré el nombre de la protagonista
para que podáis introduciros de lleno en la historia, que procuraré que solo narre
la protagonista (a no ser que haga algún capítulo especial), etc.
Gracias por leer, ¡y a disfrutar de la historia!

martes, 22 de julio de 2014

Capítulo 3:

     No sabía cómo demonios había llegado a aquella situación.

     Mi cabeza daba vueltas sin cesar, estaba estática, casi sin poder creerme lo que estaba sucediendo en aquel mismo instante, y por si fuera poco, mis mejillas se hallaban encendidas a más no poder. Aun así, todo eso no se comparaba a la eléctrica sensación que me causaba el tener sus labios sobre los míos.

     Habían pasado ya un par de semanas desde que me hizo aquella... “proposición”. Según él solo sería fingir y nada más, parecer una pareja normal como cualquier otra para librarse de la petarda de Ámber y así, que esta dejara de acosarlo.

     En un principio, comenzamos la “actuación” ese mismo lunes, en cuanto la rubia intentó acercársele como cuarta vez en todo el día. Por un momento pensamos que se lo había tomado demasiado bien, pero luego vimos cómo su rostro se volvía rojo de la furia, soltando un berrinche como una niña malcriada y cómo sus ojos se clavaron en mí como cuchillas, queriendo asesinarme con tan solo la mirada.

     Ámber todos y cada uno de los días seguía insistiendo en acosar al pelirrojo, pero este se las había arreglado para tenerme a su lado cada vez que la rubia aparecía.

     Hoy justamente, había vuelto a intentarlo y al final, había terminado por acabar con la paciencia de Castiel y, tras decirle un “¿Quieres comprobar que es mi novia?”, me plantó un beso sin siquiera esperarlo.

     Es por eso que en este mismo momento su boca se hallaba junto a la mía, incumpliendo una de las cosas que me había prometido: el no “tocarme”.

     Lo raro era que lo que me fastidiaba no era el beso en sí, sino el hecho de que lo estuviese disfrutando. No podía distanciarlo, es más, no quería que sus labios se alejaran de los míos.

    Saboreaba mi boca a su antojo, con una habilidad que hizo mis piernas temblar, pero a la vez, con una sutileza que me resultó increíblemente embelesante y adictiva. Por mucho que intentara rechazarlo, la sensación era tan cautivadora que me fue imposible negar aquel beso.

     No me dio tiempo a corresponderle. El pelirrojo se alejó de mi rostro dejando que nuestros labios se rozaran por última vez mientras sus ojos se clavaban en los míos.

     Sus orbes parecieron brillar por un instante, pero en seguida apartó la mirada, desviándola hacia la rubita que aún se encontraba allí. La chica tembló y apretó los puños con fuerza. Dos lágrimas se asomaron por su rostro y, dándose media vuelta, se fue de allí sin decir ni hacer nada más. No pude evitar sentir pena por ella.

     Tal vez nos hemos excedido un poco dije tras unos minutos en silencio, mirando a la nada, pero al menos ahora te dejará tranquilo.

     Sus ojos volvieron a dirigirse a mí, analizándome con la mirada sin responder ni hacer ningún comentario de los suyos, tan solo recorriendo mi cuerpo con sus ojos hasta fijarlos en mi rostro una vez más.

     Hoy a las 5, en el parque musitó de repente, tomándome por sorpresa.

     No puedo. Estoy castigada, ¿recuerdas? suspiré y me giré dándole la espalda, dispuesta a alejarme de allí. Pero una de sus manos detuvo mi paso, tomándome del hombro y haciéndome voltear una vez más, dejando nuestros rostros a pocos centímetros.

     No es ninguna pregunta. Es una afirmación. Vas a venir recalcó aquella palabra y, pasados unos segundos, me dejó ir.

     Su espalda fue lo último que pude ver antes de que desapareciera entre la multitud, entrando al edificio sin siquiera mirar atrás.

* * *

     Las manos me sudaban. No podía creer que en serio estuviese a punto de hacer aquello.

     Tomé el folio, el cual ponía “No entrar. Estoy estudiando” y lo pegué en la puerta con cinta aislante. Seguidamente, me adentré en mi habitación, cerrando la puerta con cerrojo, y me encaminé hacia la ventana.

     ¿Por qué tenía que hacer todo esto por quedar con un tío como él? ¿Es que acaso me había vuelto loca?

     Solté un suspiro y posé las manos sobre el marco de la ventana. Me estaba entrando vértigo de tanto mirar hacia el otro lado.

     Me senté como pude, sujetándome al marco y tomé aquella cuerda que había atado al escritorio y que descendía hasta el patio. Si mi casa tuviese solo una planta baja, no tendría que pasar por esto, pero al menos solo tendría que bajar de la segunda a la primera planta.

     Bajé con la máxima precaución e intentando no hacer demasiado ruido y, cuando pensé que ya había llegado al suelo, me solté de la cuerda. Cómo no, mi torpeza tuvo que hacer de las suyas y en vez de caer de pie, caí de culo.

     Un leve quejido salió de mis labios y poco a poco me recompuse. Seguidamente caminé rápidamente hacia la calle, dirigiéndome al parque cada vez más rápido y esperando que ninguno de mis padres les diera la picada de pasarse por mi habitación.

* * *

     Llegas tarde enana mencionó el pelirrojo en cuanto me vio dirigirme hacia él tras llegar al parque.

     Si hubieras tenido que bajar de un segundo piso por la ventana, no dirías lo mismo.

     Las comisuras de los labios del pelirrojo se elevaron, mostrando una sonrisa burlona. Hasta para mí se me hacía evidente lo que diría a continuación.

     Me hubiera encantado ver eso. Algo me dice que me habría reído de lo lindo de haber estado allí.

     Menos rollo. Dime de una vez qué es lo que quieres me crucé de brazos, frunciendo el ceño harta de sus bromas y fui directa al grano. Yo ya he cumplido con lo pactado. Ámber ya ha dejado de acosarte, ¿qué más quieres? me humedecí los labios, observando cómo su gesto se endurecía y continué. ¿Tan difícil es olvidar lo de aquel día y dejarme de una buena vez en paz?

     No dijo nada. Simplemente se limitó a acercarse a mí, haciéndome retroceder unos cuantos pasos para que no se aproximara más de lo debido y sentí cómo uno de los árboles del parque colapsaba contra mi espalda, impidiéndome retroceder más.

    ¿Por qué olvidarlo? preguntó a la vez que posaba una de sus manos al lado de mi cabeza, terminando por acercarse lo suficiente a mí como para que incluso notara su respiración. ¿Y por qué tendría que dejarte en paz? mis piernas temblaron al escuchar su voz tan cerca de mi oído y noté cómo una de sus rodillas se situaba entre estas, inmovilizándome–. Mírame a los ojos y dime que no te gustó, que no disfrutaste aquella noche...

     E-estábamos borrachos... Es imposible q-que te responda teniendo apenas vagos recuerdos de entonces.

     Sus labios volvieron a curvarse al escuchar mi débil voz y tuve que obligarme a desviar la mirada para no caer presa de aquellas orbes metálicas capaces de hipnotizarme en cualquier momento.

     Aun así lo recuerdas, aunque sea vagamente, pero sabes lo que ocurrió, ¿cierto? no respondí—. Entonces... tomó mi rostro con su mano restante e hizo que quedáramos de nuevo cara a cara, dime que no has pensado en volver a hacerlo estando sobria, aunque solo sea para sentir lo que sentiste aquella noche. Desmiénteme eso y te dejaré tranquila.

miércoles, 9 de julio de 2014

Capítulo 2:

     Lunes. De nuevo al instituto. De nuevo a la rutina.

     Abrí los ojos con pesadez, fijándolos en el techo y, como si se tratara de una maldición, aquellos ojos volvieron a colarse en mi mente. No había conseguido conciliar el sueño en toda la noche y, sinceramente, la idea de tener que ir al instituto no es que me agradara en demasía, y mucho menos sabiendo demás que tendría que encarar al pelirrojo. Eso sí, podría tener la suerte de que no viniera a clase o incluso que, de la misma borrachera, no se acordase de nada.

     Solté un suave suspiro y me incorporé, levantándome de la cama y dirigiéndome al baño para prepararme. Supongo que tendría que tentar a la suerte, ya que estaba claro que mis padres no me permitirían faltar a clase.

     En conclusión: Me deparaba un largo día por delante.

* * *

     Me adentré en el centro intentando aparentar normalidad, pero a cada paso que daba, los nervios cada vez me eran más insoportables. “Por favor, que no haya venido, que no haya venido...” repetía una y otra vez en mi mente. ¿He olvidado mencionar que casualmente el ojigris coincidía en todas y cada una de las asignaturas del lunes conmigo? Maldita sea mi suerte y maldito sea el día en que decidí ir a aquella discoteca.

     Nada más entrar en el edificio, me encontré con Rosalya, una gran amiga que me ha ayudado en incontables ocasiones y que la moda es algo que le nubla los sentidos. Me acerqué a ella un tanto apresurada y caminamos hacia el aula mientras conversábamos sobre el fin de semana. Por mi parte preferí no mencionar nada de lo ocurrido con Castiel, o al menos por ahora. Confiaba lo suficientemente en ella como para contárselo, pero ese no era el mejor momento para decírselo.

     La sangre se me heló al sentir una incesante mirada sobre nosotras tras cruzar la puerta del aula, aunque más bien, sobre mí. En el fondo sabía de quién se trataba, pero aún no me sentía preparada para encararlo, así que simplemente traté de ignorarlo y la peliblanca y yo nos sentamos en nuestros respectivos asientos.

     Las horas pasaron rápidamente y las clases transcurrieron con normalidad para todos, menos para mí. Aquellos ojos no se habían apartado de mí ni un solo instante y por si fuera poco, en la última clase antes del recreo me separaron de mi amiga debido a que no coincidíamos en la misma asignatura.

     En cuanto el timbre sonó anunciando el comienzo del receso, tomé todas mis pertenencias con rapidez y salí del aula como alma que lleva el diablo. Podía parecer cobarde por mi parte, pero no iba a negar el hecho de que era cierto que estaba huyendo de él.

     Salí al patio tras dejar las cosas en mi taquilla y cuando pensé que me había librado de su presencia, una mano tiró de uno de mis brazos y me acorraló contra uno de los árboles del lugar, escondiéndonos entre unos arbustos.

     Te atrapé musitó el pelirrojo con una leve sonrisa socarrona, posicionando sus brazos a los lados de mi cabeza–, enana escurridiza.

     ¿Qué te hace pensar que me has atrapado? –le respondí y me agaché, escurriéndome de entre sus brazos y consiguiendo liberarme de él.

     Al parecer, harto ya de tanto jueguecito, volvió a tomarme de los brazos, pero esta vez sujetándolos con rudeza y volvimos a la anterior posición, aunque esta vez me sujetó para que no intentara huir de nuevo.

     Suéltame Castiel.

     No me da la gana. Además, deberías dejar de evitarme. Así solo consigues que vaya tras de ti. ¿Qué pasa? ¿Te sientes avergonzada por lo de la última vez?

     Ni que fuera la gran cosa como para darle tanta importancia –respondí mordaz, intentando librarme de su agarre.

     Ah... Hieres mis sentimientos volvió a decir sarcásticamente y se acercó a mi oído, musitándome lo siguiente y haciéndome estremecer al sentir su respiración. Aunque, a mi parecer, sí que fue la gran cosa para ti... y aún más habiéndote escuchado pedirme más aquella vez.

     Mis mejillas se encendieron a más no poder y mi vista se desvió a un lado, avergonzada. ¿De verdad le había pedido algo así? ¿Realmente me había comportado tan indecentemente?

     Nos quedamos en silencio unos simples segundos y seguidamente noté cómo el agarre del chico se iba aflojando poco a poco hasta terminar por soltarme.

     Ni se te ocurra contárselo a nadie intenté sonar lo más amenazante posible, pero al parecer esas cosas no funcionaban con él.

     ¿Y qué pasa si lo hago? arqueó una ceja, cruzándose de brazos. Si vas a pedir algo deberías hacerlo bien y no intentar intimidarme enana.

     Tch... –me mordí la lengua por tal de no soltarle ninguna palabra indebida y cerré los puños con fuerza—. No se lo cuentes a nadie..., por favor.

     Sonrió de medio lado un tanto socarrón al escucharme, pero no le duró mucho aquella sonrisa. Había desviado la mirada hacia un lado y su gesto había cambiado por completo, frunciendo el ceño. Seguidamente volvió su vista hacia mí.

     No se lo diré a nadie..., pero solo con una condición.

sábado, 5 de julio de 2014

Capítulo 1:

     Los nervios estaban comenzando a consumirme. Lo único que quería en aquel momento era salir de allí. Me removí en la cama y, con cuidado de no despertarlo, rodeé mi cuerpo con una de las mantas, separándome de él. Me levanté de la cama y, recogiendo la ropa del suelo, me encerré en el baño.

     No sabía cómo había llegado a esa situación. Lo último que recuerdo de anoche eran la copas pasar, la música, los gritos, la gente bailando y... nada. Mi rostro ardía de vergüenza. Era la primera vez que me pasaba.

     Me vestí lo más rápido posible y no pude evitar sobresaltarme al escuchar mi móvil sonar. Oh dios... me va a caer una buena. ¡Tenía 20 llamadas perdidas! Y todas ellas repartidas entre mi madre y mi padre. Les dije que no volvería tan tarde y sin embargo, me encontraba allí, en la casa de uno de mis compañeros de instituto ya por la mañana, y digo compañero porque casi no teníamos relación alguna.

     Salí del baño apresuradamente con el móvil en la mano. Por suerte esta vez solo había sido un mensaje y no tendría que contestar a ninguno de mis padres. Ya hablaría con ellos en persona más tarde, ahora lo único que tenía que hacer era salir de allí antes de que el pelirrojo se despertara y tuviese otro momento incómodo.

     Tomé el pomo de la puerta y nada más sacar un pie fuera, unos ladridos me asustaron y me hicieron retroceder. Un enorme perro de color negro y marrón y de apariencia agresiva casi se me abalanza encima. Es cierto que me gustaban los perros, pero no podía evitar sentir miedo de aquel animal que se encontraba frente a mí. El can volvió a ladrar una, dos, tres veces... Fue a la cuarta vez cuando escuché algo en el interior de la casa, alertándome de que Castiel había acabado despertándose a causa de los ladridos. Sin pensármelo dos veces, salí, cerrando la puerta tras de mí y corrí hacia la calle, esquivando ágilmente al enorme perro y alejándome de aquel lugar.

* * *

     La reprimenda me cayó en cuanto llegué a casa. Un mes sin salir y sin la distracción del portátil, ese fue mi castigo. ¿Les mentí? ¡Por supuesto! Ni se me pasaría por la cabeza contarles la verdad, es decir, ¿a quién se le ocurriría decirle a sus padres que después de ir a una discoteca con tus amigas te habías emborrachado y habías acabado desnuda en la cama de alguien que casi no conocías? ¡A nadie! Les tuve que mentir diciéndoles que me quedé en casa de una amiga y al tener el móvil sin batería, se me había olvidado llamarles para avisarles. Vamos, la típica excusa que le pone cualquier adolescente de hoy en día a sus padres.

     Por suerte, no me habían requisado el móvil. Ahora mismo era lo único que tenía para distraerme, a parte de la tele y los libros. Sí, los libros. Pero la verdad era que últimamente me la pasaba leyendo historias por internet, ya que los libros que tenía en casa los había leído casi todos, así que estos no me serían de mucha ayuda...

     Apoyé la cabeza sobre la pared de mármol mientras el agua caía sobre mí y soltaba un pequeño suspiro. Nada más entrar en mi habitación, me había dirigido al baño para darme una ducha. Necesitaba despejarme. Cerré los ojos un momento, tan solo unos simples minutos, pero fueron los suficientes como para que los recuerdos golpearan mi mente, provocándome dolor de cabeza.

     Besos, suspiros, mordidas, gemidos, caricias, gruñidos, sudor, placer... y sexo. Mis mejillas se colorearon de un rojo intenso al recordar las manos del pelirrojo sobre mi cuerpo. Sus labios pegados a mi piel desnuda. Sus ojos plomizos clavados sobre mí en todo momento, observándome, analizándome, hipnotizándome... Sacudí la cabeza intentando alejar aquellas imágenes, pero el recuerdo de sus caderas junto a las mías, sus manos presionando y manteniendo unidos nuestros cuerpos y sus gruñidos y bufidos intentando ser silenciados a través de mordidas y chupetones por mis hombros y mi cuello, fueron lo que acabaron conmigo.

     Caí de rodillas al suelo, agitada, acalorada, excitada... con el cuerpo tembloroso y el sofoco apoderándose de mis sentidos. Una de mis manos débilmente consiguió alzarse y llegar hasta el grifo, haciéndolo girar para que el agua cambiara a una temperatura más y más fría. Necesitaba congelar mi mente. Necesitaba que las gotas heladas que caían sobre mí me hiciesen olvidar. Necesitaba dejar de pensar en el placer que me había ocasionado el haberlo hecho con él.

Prólogo:

     Comienzo a escuchar un leve sonido. Los gorriones están entonando su canción mañanera. Una luz se posa sobre mi rostro, haciéndose cada vez más insoportable y, por si fuera poco, un terrible dolor de cabeza me golpea repentinamente. El canturreo de los pájaros comienza a ser más molesto por momentos. Aun así no pienso moverme. Estoy completamente agotada, además de que sería incapaz de abrir los ojos aunque quisiera.

     Me acurruco un poco y esta vez me doy cuenta de que estoy abrazada a algo... En cuanto soy consciente de lo que es, abro los ojos como platos, importándome bien poco lo exhausta que me encontraba hace tan solo unos segundos. ¿Qué hago durmiendo abrazada a un tío? ¿Quién..? Por instinto, alzo el rostro y me topo con un rostro conocido. No. Por dios, dime que no. Por favor dime que no es lo que parece... Me quedo observando el rostro dormido y sereno de Castiel, queriendo y rogando que el hecho de que estemos en la misma cama, desnudos y totalmente pegados al otro no sea cierto. Mis mejillas no pueden estar más rojas en este momento.

     ¿Cómo hemos llegado a esta situación?