¡Bienvenidos/as a "Jugando con fuego"!

Lo principal, advertiros que este fic contiene temas sensibles, aunque ya deberíais saberlo
si le habéis dado a "continuar" cuando os saltó la advertencia de contenido adulto.
Como podéis observar este fic es muy distinto a los anteriores,
aunque cumple con algunas semejanzas como que no diré el nombre de la protagonista
para que podáis introduciros de lleno en la historia, que procuraré que solo narre
la protagonista (a no ser que haga algún capítulo especial), etc.
Gracias por leer, ¡y a disfrutar de la historia!

jueves, 26 de octubre de 2017

Capítulo 9:

      Sus manos volvieron a atraerme hacia él nada más decir aquello. Sus labios volvieron a devorarme con ferocidad mientras sus dedos se deslizaban por mi cuerpo hasta llegar a mis caderas, presionándolas y guiándolas poco a poco hasta finalmente conseguir su cometido: sentarme encima suya.
     Volvió a despegar sus labios de los míos y, al instante después, aproximó su boca a mi cuello, comenzando a besarlo y morderlo sin piedad alguna y haciendo que varios suspiros se escapasen de mis labios.
     El sonrojo que cubría mis mejillas era totalmente abrasador. A cada segundo que pasaba en brazos del pelirrojo, siendo atendida por sus manos ásperas y habilidosas y su excitante boca, más sentía cómo el calor nublaba mis sentidos, haciéndome estremecer.
     Mientras su boca seguía jugueteando con aquella zona sin piedad alguna, noté cómo sus manos se deslizaban por debajo de mi camiseta, acariciando, masajeando y delineando mi cuerpo a la par que aprovechaba para ascender por él, retirando poco a poco aquella camisa que le impedía seguir disfrutando de mi ser.
     Para cuando quise darme cuenta, aquella blusa había desaparecido por completo. Ni siquiera me dio tiempo a mostrar reacción alguna tras darme cuenta de que lo único que cubrían mis pechos era aquel simple sujetador, pues nada más deshacerse de ella, me estrechó contra él y sus dedos se desplazaron por mi espalda hasta finalmente toparse con el cierre del sujetador. Al instante después, un "clic" se escuchó, y acto seguido este acabó siendo retirado con la misma rapidez que la anterior tela.
      No dudé ni un segundo en abrazarme a él con fuerza, intentando cubrirme de aquellos ojos que me observaban con vehemencia. No podía evitar sentirme avergonzada. Era cierto que no era la primera vez que me desnudaba ante un chico, y que tampoco era la primera vez que el pelirrojo me veía sin ropa, pero aquello era diferente. Iba a hacerlo con alguien con quien apenas tenía relación alguna, con el mismo chico con el que me había acostado borracha sin darme cuenta y, sobre todo, con la persona con la que había estado fantaseando desde que huí de su casa la última vez. Ya no sabía si era la vergüenza o la excitación lo que invadía mis sentidos.
     El chico aproximó una de sus manos a mi rostro y tomó un pequeño mechón de mi pelo para después posicionármelo detrás de la oreja.
     —¿Quieres que pare...? —murmuró cerca de mi oído con voz ronca—. Esta es tu última oportunidad.
     No pude evitar sentir cómo un escalofrío me recorría el cuerpo entero al escuchar su voz tan cerca, erizándome la piel. En aquel momento, mi mente vagó entre mis recuerdos y visualicé la escena de aquella noche de embriaguez en la que nuestros cuerpos se movían al compás, pegados, sudorosos y extasiados de placer.
     Mi boca buscó la suya con impaciencia y nada más encontrarla, mi cuerpo se movió solo. Mis caderas se presionaron contra él y un gemido ahogado salió de mi boca al notarlo tan excitado bajo mis muslos. El chico soltó un pequeño gruñido como respuesta y su reacción no tardó en hacerse esperar. Mientras que con una de sus manos me sujetaba de la nuca para así ahondar nuestro beso, la otra acabó posicionándose en la parte baja de mi espalda, haciendo presión en ella para que nuestros cuerpos se estrechasen aún más si era posible.
     Entre jadeos y gruñidos, nuestros labios y nuestras lenguas se unieron una, otra y otra vez. Sus manos no tardaron en descender hasta tomar mis nalgas entre ellas y apretarlas con ímpetu, mientras nuestras caderas comenzaban a moverse, anhelantes de seguir sintiendo aquel placentero e insaciable roce entre nuestros cuerpos.
     Cansado ya de tanto jugueteo, el pelirrojo se levantó conmigo en brazos, obligándome a sujetarme a él con piernas y brazos para evitar caerme a toda costa y así continuar con aquella excitante locura, y seguidamente se encaminó hacia su habitación.
     Nada más cerrar la puerta tras de sí, dejó que volviera a pisar el suelo con mis propias piernas, pero al instante después, entre besos y caricias, fue empujándome poco a poco hasta acorralarme contra la pared. Su boca y sus manos se volvieron más impacientes por momentos, y mientras todo esto ocurría, aproveché para deshacerme de aquella camiseta que hasta entonces había cubierto el torso del pelirrojo.
     Esta vez fui yo la que ataqué. Comencé jugueteando con su cuello y acariciando sus pectorales, para después ir descendiendo mis manos poco a poco haciéndolo desesperar. Mis dedos acabaron topándose con el cierre de su pantalón, y no dudé ni un momento en desabrocharlo al instante.
     Aquello ya estaba llegando a nuestro límite. A penas podíamos controlar nuestras ganas de arrancarle la ropa al otro y podría asegurar que ya casi no nos quedaba cordura alguna.
     Me estreché contra él y lo obligué a caminar marcha atrás, dirigiéndolo poco a poco con suaves empujones hasta la cama, donde finalmente acabamos recostados, atacándonos con besos, mordidas y lamidas mientras intentábamos despojarnos de la ropa que le quedaba al otro.
     No fue hasta que una de sus manos descendieron hasta mi intimidad, que acabé percatándome de que ya no nos quedaba ropa alguna por quitar. Me estremecí por completo al notar su toque y le mordí el cuello con fuerza, intentado reprimir el gemido que había intentado salir de mis labios.
     El chico ni se inmutó. Por el contrario, mientras seguía con su labor, comenzó a lamer y besar cada parte de mi cuerpo, descendiendo poco a poco por él a la vez que estimulaba con más ímpetu ciertas zonas que me hicieron jadear y suspirar. Cuando descendió los suficiente, se detuvo por un momento, obligándome a bajar la mirada hacia él con desesperación.
     Nuestras miradas se cruzaron y una sonrisa malévola se dibujó en sus labios. Me tomó de ambas piernas y aproximó su boca a uno de mis muslos, propinándome un leve y profundo mordisco en él que hizo que me retorciera del placer.
     Una suave risita se escapó de entre sus dientes y estos siguieron torturándome de aquella manera, mordisqueándome los muslos y rodeando aquella zona para así torturarme de aquella forma tan cruel y deliciosa.
     Ansiosa, enterré los dedos en su larga cabellera pelirroja y sus ojos volvieron a fijarse en los míos. Sonrojada, temblorosa y excitada por toda aquella situación, acabé rogándole con la mirada para que dejase de torturarme de aquella manera.
     El chico sonrió de lado, satisfecho al ver aquel gesto dibujado en mi rostro y, finalmente, acabó con los rodeos de una vez por todas.
     Gemí. Gemí sin poder evitarlo. Gemí al sentir su boca humedecer aquella zona con tal intensidad. Jadeé, me retorcí, noté cómo el placer me cegaba y se desbordaba al sentir sus lamidas, sus mordidas y sus besos empapando mi intimidad. Sus brazos me sujetaban las piernas fuertemente evitando que me escapase de su increíble lengua y, cuando ya casi rocé el sabor del éxtasis, su boca se separó de mi entrepierna.
     Lo observé, incrédula, temblorosa y totalmente molesta por su interrupción. Se relamió los labios con una sonrisa burlona dibujada en su rostro, disfrutando de aquel instante por unos segundos que me parecieron eternos y, al momento después, se levantó de la cama para coger el preservativo.
     Estreché las piernas con fuerza, soportando aquel infernal instante hasta que finalmente el pelirrojo volvió a acercarse a la cama. Sus ojos centelleantes de placer me observaron con fijeza mientras su cuerpo se iba haciendo paso, tomando mis piernas entre sus manos y masajeándolas a la vez que las iba separando, colocándose entre ellas.
     En aquel momento, sentí el corazón palpitar totalmente acelerado. Aquella sonrisa había desaparecido de su gesto y sus ojos plomizos se mantenían fijos a los míos, como si tratase de cautivarme más de lo que ya estaba por él. No resistí aquella mirada mucho más. Mis manos se deslizaron por su cuello y por sus mejillas, acariciándolas con una sutileza que incluso a mí misma me impresionó, y acabé aproximando su rostro al mío para finalmente fundir nuestros labios y volver a saborear una vez más aquella deliciosa boca.
     El chico no se hizo esperar más. Una vez terminó de posicionarse bien, se hizo paso dentro de mí y no dudó en corresponder a mi beso.
     Sus caderas comenzaron a moverse en un vaivén infinito. Sus labios se negaron a separarse de los míos. Su lengua se entrelazó con la mía y recorrió y saboreó cada milímetro de mi boca. Y sus ojos no dejaron de observarme en todo momento.
     Besos, suspiros, mordidas, gemidos, caricias, gruñidos, sudor, placer... y sexo. Una vez más, todo aquello volvía a suceder. Una vez más, volvía a acostarme con aquel pelirrojo. Y una vez más, volvía a caer presa entre sus placenteras garras. Sin embargo, a pesar de parecer ser todo igual que la última vez, en realidad, esta ocasión no tenía ni punto de comparación.
     Esta vez podía asegurar que pasase lo que pasase, recordaría cada toque, cada beso, cada vaivén y cada postura que habíamos hecho, y no solo por el hecho de estar sintiendo todo aquel placer que me estaba proporcionando, sino también por el hecho de ser consciente de mis actos y poder observar con claridad aquellos ojos grises con los que tanto había fantaseado y que tan hipnotizada me tenían.

sábado, 9 de septiembre de 2017

Capítulo 8:

     Mientras esperaba ansiosa a que la hora de quedar en casa del pelirrojo llegase, intenté distraerme todo lo que pude con lo primero que se me venía a la mente.
     En una primera instancia, me apropié del baño y me di una larga y relajante ducha, dejando que el agua caliente acariciase cada centímetro de mi piel, consiguiendo relajarme por completo y dejando que mi mente se mantuviese totalmente centrada en cada gota que golpeaba mi espalda de forma estremecedora.
     Tras aquello, y con toda la desgana del mundo al tener que abandonar aquella maravillosa ducha, salí del baño y procedí a vestirme sin demora.
     No podía evitar estar ciertamente nerviosa. Tal vez porque iba a estar a solas con un chico en su casa; quizá porque ya me había acostado con él, o simplemente por el hecho de que ese chico era precisamente Castiel, pero la cuestión era que no sabía qué podía ocurrir estando allí los dos solos. Aunque bueno..., en realidad, sí que me lo imaginaba, pero no conseguía hacerme a la idea.
     Ciertas imágenes volvieron a rondar mi mente al pensar en aquello y el sonrojo no tardó en colorear mis mejillas.
     Sin pensarlo mucho más, terminé de vestirme y de secarme el pelo al poco tiempo y, mientras acababa de preparar la mochila con todo lo necesario para adelantar todo lo posible el trabajo y buscar algunas cosas más, no tardé en darme cuenta de que el tiempo se me había echado encima.
     Ya casi era la hora, y si quería llegar a tiempo, tenía que ir corriendo hacia la parada de autobús y coger el que fuese en dirección hacia la casa del pelirrojo.
     Y eso fue lo que hice.


*     *     *


     Bajé del autobús en cuanto este se aproximó a la parada más cercana a la casa de Castiel. No tuve que andar demasiado para finalmente llegar hasta mi destino.
      Mientras me aproximaba al lugar, no pude evitar repararme en los rasgos de aquella casa. Desde el exterior, se podía contemplar que era una sencilla vivienda de una sola planta, con un pequeño patio, un garaje y una azotea. La entrada del domicilio estaba bordeada por unas vallas blancas y una pequeña puerta a conjunto. Una vez frente a esta, podías ver claramente una pequeña caseta de perro al lado izquierdo del patio, aunque al parecer, no se encontraba ningún animal merodeando por allí.
     Al fijarme en aquello último, recordé cómo me había topado con aquel perro tan enorme la última vez que estuve allí, y me extrañó no encontrarlo por ningún sitio. Abrí la cancela con cierto nerviosismo y me adentré en el patio, aproximándome a la puerta de la casa. Inspiré profundamente tratando de tranquilizarme y, sin esperar un momento más, llamé al timbre, decidida.
     No transcurrió demasiado tiempo para que finalmente la puerta se abriese, dejando que el rostro del pelirrojo volviese a captar mi visión, mostrándome aquella sonrisa suya tan peculiar.
     No pensé que serías tan puntual. ¿Tantas ganas tenías de volver a verme?
     "No sabes cuánto". Aquello resonó en mi mente inesperadamente y, al notar cómo el rostro comenzaba a enrojecérseme, aparté la mirada y dije lo siguiente.
     ¿Vas a dejarme pasar?
     El chico no respondió a aquello, simplemente se apartó de la puerta para dejarme entrar en la casa, pero justo cuando iba a hacerlo, unos gruñidos me alertaron. Aquel perro enorme se encontraba justo delante de mí, sin embargo, al contrario que la última vez, no me asusté y, para la sorpresa del can y de su dueño, me aproximé un poco y me agaché, acercando la mano al hocico del beauceron y dejándola en el aire, quieta, permitiendo al animal que me identificase, con el objetivo de tranquilizarlo.
     No pasaron ni diez segundos. El perro terminó de olisquearme y se dirigió sin más hacia el sofá para después tumbarse en el suelo, observándonos con curiosidad.
     Satisfecha, sonreí y finalmente me levanté del suelo, percatándome de que Castiel había cerrado la puerta.
     Menuda presentación. Pensé que te daba miedo dijo aproximándose a mí.
     Los perros no me dan miedo. De hecho, me gustan. Pero comprende que la última vez que vi al tuyo, pensó que era una intrusa, además de que no sabía que tenías mascota siquiera el chico sonrió al escuchar esto último.
     Sí lo sabías. De hecho, te lo comenté una vez en el instituto pasó por mi lado y se aproximó al sofá, le dio una suave y rápida caricia a su perro y seguidamente se sentó, dejándose caer en aquel mullido sitio. Que no tengamos relación alguna, no quiere decir que no hayamos hablado nunca.
     Eso es cierto, aunque no recordaba lo de tu perro me aproximé al sofá también. Por cierto, ¿cómo se llama?
     Demonio me hizo un gesto para que me sentase a su lado y le hice caso, quitándome la mochila de la espalda y dejándola con delicadeza en el suelo. Seguidamente, desabroché la cremallera y comencé a sacar los apuntes del tema que debíamos redactar. Sabes que tenemos toda una semana para hacerlo, ¿no?
     Claro, pero cuanto antes empecemos, mejor —la verdad es que el trabajo tampoco tenía más vuelta de hoja. No era tan extenso como le había comentado a mis padres, pero... así tenía la excusa perfecta. Sino, ¿para qué habría venido hoy? tras decir aquello, los nervios comenzaron a volver a mí al recordar mi verdadero propósito, y aún más al notar cierto movimiento por parte del pelirrojo, quien no evitó hacer una pequeña mueca.
     Cierto... se inclinó hacia delante y me miró fijamente, analizándome con aquellos orbes metálicos que tanto me empezaban a gustar, ¿para qué habrías venido?
     Dejé de sacar cosas de la mochila nada más escuchar cómo repetía aquella pregunta. Sabía que estaba esperando una respuesta, que incluso sospechaba algo de mi respuesta, ¿pero era necesario sacar el tema tan pronto? Por dios, ¡si acababa de llegar! Quería dejar las cosas claras de una vez, pero toda aquella situación era nuevo para mí y, sinceramente, nada me podía dar más vergüenza en aquel momento.
     Sentí el corazón latirme con fuerza y noté cómo un nudo se me iba formando en la garganta, impidiéndome decir cualquier cosa. Las mejillas comenzaron a arderme, pero a pesar de ello, le sostuve la mirada.
     Sus ojos se mantuvieron contemplando los míos, mis mejillas sonrojadas, mis labios anhelantes por volver a probar los suyos... Todas y cada una de las facciones que tenía y que hacía mi rostro sin quererlo. Quería que me besara como todas esas veces que había hecho antes, que me mostrase si su deseo de poseerme era igual o superior al mío, que me aferrase a su cuerpo y me acariciase hasta perder la cordura. Sin embargo, él se mostró inamovible, casi como si esperase algo. Como si esperase que yo diese el primer paso.
     ¿Era necesario torturarme de aquella manera?
     Impaciente y un tanto avergonzada, me aproximé a él tanto como pude, tomé su rostro entre mis manos y, sin esperar ni un momento más, planté mis labios sobre los suyos.
     Nada más hacer aquello, el pelirrojo al fin se movió. Deslizó una de sus manos por uno de los laterales de mi cuerpo y, finalmente, acabó posándola en mi cuello, haciéndome estremecer al sentir su contacto. Movió sus labios sobre los míos con cierta prudeza al pensar que podría volver a separarme de él, pero en cambio, en vez de alejarme, deslicé mis manos de sus mejillas hasta finalmente rodear su cuello con mis brazos, intentando acercarme aún más a él y, a la vez, queriendo profundizar un poco más el beso. Lejos de lo que yo me esperaba, el pelirrojo acabó despegando momentáneamente sus labios de los míos, presionando mi cuello con suavidad y masajeándolo un poco con sus ásperos dedos.
     —...Dije que no haría nada que no quisieses —murmuró con voz ronca mientras se relamía un momento los labios—, y si es esto lo que quieres, más te vale no arrepentirte después.

sábado, 22 de julio de 2017

Capítulo 7:

     Las horas restantes de instituto transcurrieron con extrema lentitud. Después de haberle expresado a Castiel mi conformidad respecto a hacer el trabajo con él, no volvimos a dirigirnos la palabra. Eso sí, todo lo que no llegamos a exteriorizar con nuestras propias cuerdas vocales, parecieron manifestarse con el simple brillo de nuestros ojos.

     Al terminar el instituto, recogí mis cosas y, como siempre, me dirigí a la taquilla para guardar algunos libros y coger otros. Estaba a punto de terminar mi cometido cuando sentí una presencia tras de mí. Nada más girarme, me encontré con los ojos plateados e intensos del pelirrojo.


     Se aproximó un tanto más y apoyó una de las manos en la taquilla de al lado, arrinconándome—. ¿Tienes algo que hacer hoy? —preguntó sin más, sin apartar su mirada de la mía.

     —E-ehm... N-no sabría decirte —contesté, apartando un tanto la mirada, algo intimidada por aquellos orbes metálicos que comenzaban a volverme loca con tan solo verlos, y fijé la vista en su camiseta de Winged Skulls de color rojo—, tengo que hacer los deberes, estudiar, ordenar un poco la habitación... y, bueno, supuestamente sigo castigada. Sin portátil y sin poder salir.

     —Supuestamente —volví a mirarlo al notar el tono sarcástico con que dijo aquello y observé cómo una sonrisa de lado se había dibujado en su rostro—. Quedamos hoy, en mi casa. Supongo que ya sabes cómo llegar —iba a reprocharle, pero me interrumpió—. Dile a tus padres que hemos quedado para hacer el dichoso trabajo —me quedé pensativa por unos instantes, pero finalmente acabé asintiéndole—. A las 5. Más te vale no hacerme esperar, enana.

     Tras decir aquello último, se apartó ligeramente de mí y, tras sonreírme, se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la salida del instituto, manteniendo la mano levantada para despedirse de mí.

     Mientras tanto, no muy lejos de allí, aquella rubia de cabellos rizados y ojos turquesas no se había perdido ni un ápice de la situación en sí. No iba a rendirse tan fácilmente.

*     *     *

     Tras llegar a casa, dejé rápidamente la mochila en mi habitación y me apresuré a ir a la cocina para ayudar a mis padres a poner la mesa. Mi idea era hablarles sobre el hecho de que me dejasen salir esa misma tarde durante la comida, pero una vez que nos sentamos en la mesa, papá encendió la tele y, como siempre, empezaron a hablar de temas arbitrarios, entre ellos, algunas deudas que se habían quedado atrasadas y que debían de ser pagadas antes de que se amontonasen con otros pagos.

     El sonido de la tele de fondo y la conversación entre mis padres comenzó a incomodarme cada vez más sin poder evitarlo. Pocas veces habían sido las ocasiones en que mis padres me habían castigado, y eso, sumado al respeto que les tenía, me causaba cierta tensión.

     Recuerdo que una de las veces que fui castigada fue cuando, de pequeña, con unos 9 o 10 años, me pillaron cogiendo dinero de la cartera de mi madre para poder comprarme algún capricho. Se enfadaron mucho conmigo, pero tras disculparme con ellos y prometerles que no lo volvería a hacer, me perdonaron y me dijeron que si necesitaba dinero para cualquier cosa, que pidiese antes permiso y ellos mismos me lo darían si consideraban que era necesario. Desde entonces, me he vuelto algo más ahorradora con el dinero. Algún aspecto positivo tenía que sacar de aquella experiencia, ¿no?

     En un momento dado, dejé el tenedor sobre la mesa y alcé la vista hacia ellos. Al ver que no seguía comiendo, ambos desviaron la vista hacia mí—. ¿No vas a comer más? —mi madre se mostró levemente preocupada.

     —Ehm... No es eso —hice una pequeña pausa y respiré profundamente para sacarles el tema—. Hoy en clase nos han mandado un trabajo en grupo y, he acordado en quedar en casa de un compañero —antes de que pudieran decir nada, los interrumpí—. Sé que estoy castigada, es por eso que intentaré avanzar el trabajo lo más que pueda y me encargaré de volver lo antes posible a casa.

     Al terminar de decir aquello, vi cómo el gesto de mi madre se suavizaba, mostrándose conforme con mis palabras. Sin embargo, mi padre seguía sin estar muy convencido.

     —¿De qué asignatura has dicho que era el trabajo? —preguntó.

     —De literatura. Por lo visto el trabajo es bastante extenso y nos ha dejado una semana para terminarlo, así que tendré que quedar más días además de hoy —al ver que iba a volver a preguntar algo, añadí lo siguiente—. El profesor nos indicó que es obligatorio y que cuenta como nota de examen, así que es importante que lo entregue la fecha indicada —mi padre suspiró.

     —En fin, si no hay más remedio... —hizo una pequeña pausa, suavizando un poco el gesto—. Pero más les vale a los de tu grupo acompañarte hasta la puerta de casa cuando vuelvas.

     —Papá, no soy una niña pequeña. Puedo volver sola.

     —¿Sola? ¿Para que te pase algo mientras vuelvas? ¡Ni hablar! —frunció levemente el ceño—. Si no pueden acompañarte, iré yo mismo a recogerte.

     —¡Está bien, está bien! No volveré sola, lo prometo.

     Tras aquella conversación, el almuerzo siguió como de costumbre, aunque, al analizar lo que habíamos dicho, parecía como si mis padres creyesen que el grupo en sí éramos más de 2 o 3 personas, cuando en realidad solo éramos Castiel y yo. Finalmente, decidí no aclararlo, ya que de ser así, mi madre no pararía de interrogarme y mi padre se pondría en modo sobreprotector. Hablar de chicos delante de ellos nunca fue una buena idea... Ya había aprendido la lección y si algo había aprendido era que cuanto menos supiesen de cualquier relación que tuviese con algún chico, mejor.

     Al terminar de comer y de ayudar a recoger un poco la mesa, subí las escaleras que conducían al segundo piso para ir a mi habitación.

     A pesar de estar castigada, había conseguido mi cometido: los había convencido para ir a casa de Castiel. Aunque era cierto que el trabajo era extenso y deberíamos empezarlo lo antes posible, podía intuir que ese día no llegaríamos a avanzar demasiado, o al menos, si le dejaba caer mi decisión.

     No podía evitar sentir los nervios a flor de piel.

martes, 11 de julio de 2017

Capítulo 6:

      El resto del día transcurrió con aparente normalidad. Las tres primeras horas tuve la suerte de no coincidir en ninguna asignatura con el pelirrojo, por lo que pude pensar con cierta tranquilidad para así organizar mis ideas e intentar calmarme un poco.

     Estuve atenta a las explicaciones de los profesores, sí; pero en ciertas pausas y cambios de hora, mi mente se dedicaba a centrar mis pensamientos hacia aquel chico en cuestión. La balanza estaba estabilizada. Aunque fuesen pocas, tenía la misma cantidad de razones para decirle que sí como para decirle que no. En el "NO" estaban motivos como la vergüenza, el no conocer del todo al chico en cuestión o el que mis padres u otras personas lo descubriesen, mientras que en el "SI" estaban la curiosidad, la indudable atracción que sentía por él y el querer ver a dónde podía llegar a parar todo aquello.

     Mordisqueé el extremo del bolígrafo que tenía entre mis manos y alcé la vista hacia el reloj del aula que había colgado entre las dos pizarras, algo más arriba de estas. Quedaban a penas unos minutos para que el timbre indicase la hora del receso. Si me lo encontraba, ya no tendría escapatoria ni excusa de ningún tipo. Debería enfrentarlo y darle una respuesta.

     "No voy a obligarte a nada". Aquella frase resonó en mi mente por un instante, produciéndome un leve y agradable cosquilleo por todo el cuerpo. Mis mejillas se colorearon y el calor volvió a sofocarme por completo.

     Me sería difícil expresarlo, pero ya había tomado una decisión.


*     *     *


     El receso transcurrió con rapidez y por mucho que intenté buscar a aquel endiablado pelirrojo, no conseguí encontrarlo en ninguna parte del recinto. No sabía si sentirme frustrada o sentirme aliviada por no poder darle mi respuesta en aquel momento, pues a la par que quería dejarlo todo claro de una vez por todas, mi vergüenza era tal que podría quedarme sin palabras nada más tenerlo ante mí.

     Nada más sonar el timbre, volví a dirigirme hacia mi respectiva aula y dándome por vencida de encontrar al susodicho pelirrojo en lo que restaba de día a pesar de que este me hubiese hecho compañía en el autobús esa misma mañana.

     Me senté en uno de los pupitres que se encontraban situados al lado de la ventana y, al poco tiempo después, el respectivo profesor que me tocaba hizo su aparición y se colocó rápidamente en la mesa del profesor, haciendo que todos los demás alumnos de la clase terminasen de sentarse en sus respectivos asientos.

     Al cabo de unos diez o veinte minutos, llamaron a la puerta.

     ¿Se puede? preguntó, sin más, una voz conocida nada más abrir la puerta, captando mi absoluta atención y, sin esperar contestación alguna, entró en el interior de la clase.

     El chico sonrió abiertamente al observar que no había nadie sentado a mi lado y, sin pensárselo dos veces, se sentó junto a mí con total confianza. El profesor no dudó en regañarlo por el retraso, pero al ver que no le echaba cuenta, acabó dándose por vencido, siguiendo las explicaciones del tema que estábamos dando.

     Mis ojos se desviaron cautelosamente hacia el pelirrojo y lo observé de reojo. A pesar de su inesperada entrada y de haberse sentado a mi lado, no parecía que en aquel momento fuese a sacar de nuevo aquel asunto pendiente entre nosotros. De hecho, no parecía que fuese a dirigirme la palabra en todo lo que quedaba de día. Lo que no sabía era si lo hacía por consideración o por algún otro motivo.

     Volví a dirigir la mirada hacia la pizarra y no pude evitar removerme un poco en el sitio. Tenía los nervios a flor de piel, pues a pesar de querer hablarle del tema, no quería hacerlo en un lugar así, además de que tan siquiera sabía cómo sacarle el tema sin antes morirme de la vergüenza.

     La clase continuó con normalidad a pesar de mi inquietud y unos minutos antes de que volviese a sonar el timbre para avisar del cambio de asignatura, el profesor volvió a llamar nuestra atención.

     —Bien chicos, seguiremos con el temario el próximo día, pero antes de que os marchéis como locos, os emparejaré para un trabajo que debéis entregarme la semana que viene —el murmullo de los alumnos no se hizo esperar—. Esta vez he decidido hacer yo mismo las parejas para así no formar tanto alboroto ni tardar tanto al formarlas.

     Algunas quejas no tardaron en hacerse sonar, pero el profesor hizo caso omiso a estas y comenzó a dictar los apellidos de cada alumno con su correspondiente pareja. Cuando finalmente llegó a mi apellido, hizo una pequeña pausa y me dirigió una leve mirada para finalmente decir el de mi compañero de pupitre.

     Mis ojos se abrieron de par en par mientras el profesor seguía dictando apellidos con total naturalidad. Desvié la mirada hacia el pelirrojo al instante, encontrándome con sus grises y gélidos ojos, y al instante después, el chico hizo una leve mueca.

     —¿Qué hay con ese gesto? —soltó un silencioso bufido, rascándose ligeramente el pelo y apartando la mirada, a la vez que su gesto se fruncía un tanto—. Si tan incómoda te sientes al estar en mi mismo grupo, solo tienes que decirlo... Hablaré con él, pero deja de poner esa cara.

     Apartó ligeramente la silla de su pupitre con desgana y cierta molestia, pero cuando estuvo a punto de levantarse para ir a hablar con aquel hombre, lo detuve.

     —E-espera... —mis manos habían agarrado la suya con fuerza casi de forma impulsiva y mi voz no había salido todo lo segura que me gustaría, pero cumplí con mi cometido. El chico desvió la mirada hacia mí—. No... no hace falta. Estoy a gusto si es contigo. No es necesario que vayas a hablar con él —mi vista se mantuvo fija en el suelo, sin poder evitar sentirme un tanto avergonzada.

     El chico se mantuvo en silencio durante unos segundos.

     Si hubiese alzado la vista en aquel momento, podría haber visto cómo una tierna sonrisa se dibujaba en su rostro y cómo su mano restante intentaba ocultar tanto esta, como el leve sonrojo que le cubrían las mejillas.

sábado, 17 de junio de 2017

Capítulo 5:

      Martes.

     Nada más llegar a la parada de autobús, pude ver en la lejanía cómo el vehículo se iba acercando por la amplia carretera a medida que transcurrían los segundos. Ensimismada, me quedé observándolo con parsimonia, como si no me importase realmente perderlo y llegar tarde al instituto.

     Todavía no comprendía del todo qué era lo que había ocurrido el día anterior, a qué había venido aquel último beso tan… extraño, pero sobre todo, qué era lo que me estaba ocurriendo, pues desde aquel día que desperté en la casa del pelirrojo, no había podido sacármelo de la cabeza.

     ¿Realmente estaba reconsiderando su oferta? Ni yo misma podía creérmelo. Sin embargo, el tan solo pensar en volver a probar aquellos labios, el encontrarme una vez más entre sus brazos y el imaginar cuántas sensaciones más me podría causar, hicieron que mi cuerpo se estremeciera por completo.

     El autobús se estacionó frente a mí y, con un leve chirrido, la puerta se abrió, permitiéndome entrar en el interior del vehículo y, aún sin dejar de pensar en el pelirrojo, me adentré en él. Alcé la vista hacia el conductor y lo saludé con un leve gesto para después pagarle el viaje como de costumbre.

     “Dime que no has pensado en volver a hacerlo estando sobria, aunque solo sea para sentir lo que sentiste aquella noche. Desmiénteme eso y te dejaré tranquila”. Aquellas palabras resonaron en mi mente mientras me dirigía a mi asiento habitual, uno de los asientos del lado izquierdo del autobús. Casi sin pensarlo dos veces, me situé al lado de la ventana y dejé reposar la mochila a mi lado, en el asiento contiguo.

     Pues claro que lo había pensado. De hecho, hacía tan solo unos segundos estaba meditando sobre ello. Era imposible ignorar el hecho de que nos habíamos acostado, que habíamos compartido cama y sensaciones increíbles a pesar de que no me acordase de cómo habíamos llegado hasta aquel punto, pero sí recordaba ciertas imágenes de aquella noche de pasión y, la mayoría de ellas eran demasiado íntimas como para contarlas.

     Tras subirse un último pasajero, el autobús cerró sus puertas y se puso en marcha sin esperar más tiempo del necesario.

     Fue entonces cuando lo reconocí. En aquel momento no supe diferenciar si el sonrojo de mis mejillas era debido a mis sucios pensamientos o a causa de que, aquel último pasajero había resultado ser nada más ni nada menos que el responsable de mis desvaríos y mis últimos desvelos: Castiel.

     Con gesto serio, miró a su alrededor sin moverse del estrecho pasillo de aquel autobús, casi con la esperanza de encontrar algo o a alguien. Como era de esperar, tras echar un rápido vistazo, sus ojos acabaron por fijarse en mí y, nada más reconocerme y observar mi gesto avergonzado, transformó aquel gesto tan serio en uno más sosegado y sonriente, con ese matiz burlesco que tanto le caracterizaba. No llegó a saludar, ni siquiera a decir nada, simplemente se dirigió hacia mí con pasos seguros y aquel gesto dibujado en su rostro.

     —¿No vas a dejar que me siente? —dijo sin más tras aproximarse lo suficiente al asiento en el que estaba sentada.

     Eché un vistazo al asiento de mi lado, percatándome de que se refería a mi mochila, la cual estaba reposada cómodamente en aquel sitio. Aún algo dubitativa, tomé la mochila para después situarla encima de mis piernas y estrecharla contra mi cuerpo. Mis manos temblaban a causa del nerviosismo y mis mejillas se mantuvieron con aquel sonrojo en todo momento, casi como si su intención fuese delatar la vergüenza que sentía al haber estado pensando en aceptar la propuesta de aquel pelirrojo.

     El chico arqueó una ceja, extrañado por mi actitud, sin embargo no hizo comentario alguno y se sentó a mi lado. Por mi parte, desvié la mirada hacia la ventana, queriendo distraerme viendo las casas, las tiendas y los edificios pasar mientras nos dirigíamos hacia el instituto en aquel autobús, pero el reflejo del pelirrojo en aquella ventana volvió a captar mi atención. El chico me observaba fijamente, casi con curiosidad.

     —...Es la primera vez que te da por coger el autobús —comenté para intentar romper un poco el hielo—. Normalmente vas andando. Te veo siempre yendo solo en unas calles más adelante —el pelirrojo sonrió al escuchar eso último.

     —No sabía que me espiabas.

     —¿Eh? —volví a desviar la mirada hacia él—. N-no era eso lo que quería decir. Me refería a que cada vez que voy en autobús, te veo... —me interrumpí al notar que iba a sonar como si realmente lo hiciese y fruncí levemente el ceño—. Yo no te espío, idiota.

     — ... —el chico ensanchó la sonrisa, burlón, mostrando levemente los dientes—. Ya vuelves a ser la de siempre. Me estaba asustando que te estuvieses comportando de una forma tan... tímida —aproximó el rostro al mío, concretamente hacia mi oído y susurró lo siguiente—. Aunque después de lo del sábado, podemos dejar de lado la timidez, ¿no crees?

     Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, desde el oído al que se había aproximado para decir aquello hasta las puntas de mis pies. Avergonzada, lo aparté de mí con una de mis manos mientras que con la otra sujetaba con fuerza la mochila, apretándola contra mi pecho y sintiendo el rostro arder—. D-déjate de tonterías.

     —Has pensado en mi propuesta, ¿cierto? —aquella afirmación me tomó totalmente desprevenida—. Es por eso que estás actuando tan raro —me quedé petrificada observando un punto fijo en el suelo, con los ojos como platos y el rostro completamente enrojecido. ¿Acaso era tan evidente?

     El chico al ver que no le respondía y al notar mi reacción, apartó el reposabrazos que nos separaba para después aproximar su mano y tomar mi mentón para que volviese a mirarlo directamente. El corazón me latió con fuerza y, a pesar de intentar alejarme, él no me soltó. Por el contrario, aproximó rápidamente su rostro para sellar una vez más nuestros labios. Mis defensas se derrumbaron al instante después de que sus labios se moviesen y presionasen sobre los míos. No podía... No. No quería rechazarlo.

     Fue entonces que tomé en cuenta en dónde nos encontrábamos y me separé rápidamente de él, apartándolo de mí con las manos y dejando estas sobre su pecho para tomar cierta distancia de él. Pude fijarme en que sus ojos, levemente entreabiertos, me observaban con cierto centelleo ardiente, pero no insistió en volverse a acercar.

     —No voy a obligarte a hacer nada —mencionó repentinamente—, pero si hago esto y no te resistes ni haces nada para evitarlo, está claro lo que significa. No me has dado ninguna respuesta, pero aun así no parece que quieras alejarme de ti —tomó mis manos y las sujetó por un momento para después coger la mochila que aún se encontraba situada entre mis piernas y la dejó caer al suelo—. ¿Por qué dudas? No te estoy ofreciendo ninguna relación formal ni nada que te encadene. Además, si realmente no lo quisieras, me habrías rechazado directamente sin dejar la respuesta en vilo —se relamió los labios y tiró suavemente de mí para aproximarme a él—. Tanto si vas a decir que sí como si no, deberías dejarlo claro.

     Estuve a punto de decir algo, lo primero que se me pasase por la cabeza, pero fue entonces cuando el autobús frenó de improvisto. Habíamos llegado al instituto. Aprovechando la confusión, me libré de su agarre y, cogiendo la mochila, pasé por encima de él y salí corriendo del autobús con el rostro completamente enrojecido.

     Sí, era cierto que tenía que darle una respuesta, pero no podía hacerlo en ese momento. No en medio de un autobús público, no en medio de tanta gente que podría haber escuchado nuestra conversación. Me negaba a hablar de algo  tan privado en un sitio así. 

jueves, 11 de mayo de 2017

Capítulo 4:

     Me mantuve inmóvil y en completo silencio. Mis mejillas no podían estar más rojas en aquel momento. Me era imposible desmentirle aquello ya que si lo hacía, estaría mintiendo, y eso era algo que se me daba fatal.

     Su sonrisa se ensanchó al ver que no le contestaba, manteniendo sus ojos fijos a los míos, como si estuviera tratando de provocarme o algo por el estilo. Los latidos de mi corazón se aceleraron al notar cómo su rostro se comenzaba a aproximar al mío.

     No quería volver a caer en su juego, pero la tentación y el anhelo de volver a probar sus labios una vez más fue tal, que me fue imposible reaccionar, dejando que su boca poseyera la mía y que su lengua, ágil y dominante, recorriera mi paladar con insistencia.

     Mis piernas flaquearon en el momento en el que el pelirrojo tomó de mi cintura, apegándome a él y evitando que cayera al suelo. Posé las manos en su pecho con la intención de separarlo de mí, pero en vez de eso, me aferré a su camiseta y correspondí su beso, entrelazando nuestras lenguas y empezando a sentir que me faltaba el aire necesario para respirar.

     Me separé como pude de él, jadeante y con el rostro completamente enrojecido. Al parecer, no quiso hacer ninguna tregua. Sus labios volvieron a tomar los míos, pero esta vez con una delicadeza que casi me sorprendió. Entreabrí los ojos para poder observar su rostro, pero en vez de aquello, me encontré con su metálica mirada, haciendo que mi corazón se acelerara aún más si era posible.

     Sus manos se mantuvieron alrededor de mi cintura, queriendo apegarme lo más posible a él. Fue entonces cuando sus dientes tomaron mi labio inferior, succionándolo y saboreándolo con su lengua.

     —Eres mía a partir de ahora.

     —No soy propiedad de nadie… —contesté en un suspiro al notar que una de sus manos había descendido hasta mi trasero, comenzando a masajearlo, liberando mi boca al fin. Podía notar los labios palpitar. Estaba segura de que incluso los tenía un tanto hinchados.

     —Buena respuesta pero… —elevó las comisuras de sus labios a la vez que se los relamía un momento. Esto empezaba a semejarse a una tortura. A una deliciosa tortura—, esa vocecilla tuya no ayuda demasiado si de verdad no quieres ser de nadie —en un tortuoso y lento movimiento, apegó sus caderas a las mías y una risita escapó de sus labios al escucharme jadear—. Si sigues mirándome así solo conseguirás que quiera hacerte mía aquí mismo.

     Aparté la mirada inmediatamente y, con una fuerza que casi pensé que se había desvanecido, conseguí apartarlo de mí de un empujón, derrumbándome en el acto. Maldije a mis piernas mentalmente al notar que aún me temblaban, incapaz de levantarme del suelo.

     —Supongo que ya es suficiente por hoy —estaba empezando a desear quitarle esa atractiva pero estúpida sonrisa de la cara.

     Se agachó un momento para seguidamente alzarme entre sus brazos. Su aroma volvió a invadir mis fosas nasales y mis mejillas ardieron una vez más.

     —S-suéltame. Puedo andar sola —en ese momento hubiera preferido que me dejara allí tirada antes que estar viviendo semejante espectáculo. Todo esto era demasiado embarazoso.

     —No creo que seas capaz. Además, verte así de avergonzada... me encanta —su sonrisa ladeada no faltó mientras pronunciaba aquellas palabras.

     Cómo odiaba a este idiota, pero a la vez, cómo me hacía sentir con tan solo un gesto suyo.

*     *     *

     Quedaba tan solo una manzana para llegar a mi casa y todavía no me había soltado. Yo le replicaba que me dejara en el suelo de una vez y me dejara ir por mi cuenta desde allí, pero él hacía oídos sordos. Al parecer le divertía toda aquella situación.

     —¿Qué te parece si te llevo hasta la puerta y de paso dejo que tus padres nos vean así? —rio con sorna.

     Cansada de todo aquello, ignoré su chiste y esperé pacientemente a que en algún momento me soltara, pero eso no ocurrió, al menos hasta que llegamos al interior del patio de mi casa. Tras dejarme en el suelo, aparté la mirada sin saber muy bien qué decir.

     —En fin. Ya nos veremos en el instituto —musité sin más, dispuesta a subir por donde había salido momentos antes, sin querer volver a encararlo. Sin embargo, antes de siquiera tomar la cuerda, su mano agarró mi muñeca, haciendo que me voltease a verlo.

     Nada más hacerlo, sus labios volvieron a presionar los míos con vehemencia mientras que al mismo tiempo tiraba suavemente de mi muñeca para que me aproximase. Cautivada una vez más por sus carnosos labios y su suave pero ardiente beso, volví a bajar la guardia, dejando que colocase mi brazo alrededor de su cuello e hiciese yo lo mismo con el otro. Sus manos se pasearon libremente por mi figura hasta finalmente recolocarlas en dos sitios estratégicos que consiguieron ponerme la carne de gallina y unos fugaces escalofríos me recorrieran por completo: la parte baja de mi espalda y mi cuello.

     Suspiré sin poder evitarlo.

     Sus labios se movieron una vez más sobre los míos a la vez que su mano ejercía cierta presión sobre mi cuello, masajeándolo y acercándome más a él si era posible, para segundos después separarse de mi boca lentamente.

     En cuanto mis ojos se entreabrieron, se encontraron con los ojos plateados del pelirrojo. Grises como el metal, centelleantes cual cristal expuesto a la luz, y… tan profundos como el mismo deseo que estos expresaban. Mi cuerpo tembló ante tal intensa mirada.

     Su calidez fue desvaneciéndose a medida que su cuerpo se iba alejándose del mío. En silencio, se apartó lo suficientemente de mí y, seguidamente, me dio la espalda, comenzando a caminar.


     —Hasta mañana, morena —fue lo último que escuché decirle antes de verlo desaparecer del lugar.