¡Bienvenidos/as a "Jugando con fuego"!

Lo principal, advertiros que este fic contiene temas sensibles, aunque ya deberíais saberlo
si le habéis dado a "continuar" cuando os saltó la advertencia de contenido adulto.
Como podéis observar este fic es muy distinto a los anteriores,
aunque cumple con algunas semejanzas como que no diré el nombre de la protagonista
para que podáis introduciros de lleno en la historia, que procuraré que solo narre
la protagonista (a no ser que haga algún capítulo especial), etc.
Gracias por leer, ¡y a disfrutar de la historia!

jueves, 11 de mayo de 2017

Capítulo 4:

     Me mantuve inmóvil y en completo silencio. Mis mejillas no podían estar más rojas en aquel momento. Me era imposible desmentirle aquello ya que si lo hacía, estaría mintiendo, y eso era algo que se me daba fatal.

     Su sonrisa se ensanchó al ver que no le contestaba, manteniendo sus ojos fijos a los míos, como si estuviera tratando de provocarme o algo por el estilo. Los latidos de mi corazón se aceleraron al notar cómo su rostro se comenzaba a aproximar al mío.

     No quería volver a caer en su juego, pero la tentación y el anhelo de volver a probar sus labios una vez más fue tal, que me fue imposible reaccionar, dejando que su boca poseyera la mía y que su lengua, ágil y dominante, recorriera mi paladar con insistencia.

     Mis piernas flaquearon en el momento en el que el pelirrojo tomó de mi cintura, apegándome a él y evitando que cayera al suelo. Posé las manos en su pecho con la intención de separarlo de mí, pero en vez de eso, me aferré a su camiseta y correspondí su beso, entrelazando nuestras lenguas y empezando a sentir que me faltaba el aire necesario para respirar.

     Me separé como pude de él, jadeante y con el rostro completamente enrojecido. Al parecer, no quiso hacer ninguna tregua. Sus labios volvieron a tomar los míos, pero esta vez con una delicadeza que casi me sorprendió. Entreabrí los ojos para poder observar su rostro, pero en vez de aquello, me encontré con su metálica mirada, haciendo que mi corazón se acelerara aún más si era posible.

     Sus manos se mantuvieron alrededor de mi cintura, queriendo apegarme lo más posible a él. Fue entonces cuando sus dientes tomaron mi labio inferior, succionándolo y saboreándolo con su lengua.

     —Eres mía a partir de ahora.

     —No soy propiedad de nadie… —contesté en un suspiro al notar que una de sus manos había descendido hasta mi trasero, comenzando a masajearlo, liberando mi boca al fin. Podía notar los labios palpitar. Estaba segura de que incluso los tenía un tanto hinchados.

     —Buena respuesta pero… —elevó las comisuras de sus labios a la vez que se los relamía un momento. Esto empezaba a semejarse a una tortura. A una deliciosa tortura—, esa vocecilla tuya no ayuda demasiado si de verdad no quieres ser de nadie —en un tortuoso y lento movimiento, apegó sus caderas a las mías y una risita escapó de sus labios al escucharme jadear—. Si sigues mirándome así solo conseguirás que quiera hacerte mía aquí mismo.

     Aparté la mirada inmediatamente y, con una fuerza que casi pensé que se había desvanecido, conseguí apartarlo de mí de un empujón, derrumbándome en el acto. Maldije a mis piernas mentalmente al notar que aún me temblaban, incapaz de levantarme del suelo.

     —Supongo que ya es suficiente por hoy —estaba empezando a desear quitarle esa atractiva pero estúpida sonrisa de la cara.

     Se agachó un momento para seguidamente alzarme entre sus brazos. Su aroma volvió a invadir mis fosas nasales y mis mejillas ardieron una vez más.

     —S-suéltame. Puedo andar sola —en ese momento hubiera preferido que me dejara allí tirada antes que estar viviendo semejante espectáculo. Todo esto era demasiado embarazoso.

     —No creo que seas capaz. Además, verte así de avergonzada... me encanta —su sonrisa ladeada no faltó mientras pronunciaba aquellas palabras.

     Cómo odiaba a este idiota, pero a la vez, cómo me hacía sentir con tan solo un gesto suyo.

*     *     *

     Quedaba tan solo una manzana para llegar a mi casa y todavía no me había soltado. Yo le replicaba que me dejara en el suelo de una vez y me dejara ir por mi cuenta desde allí, pero él hacía oídos sordos. Al parecer le divertía toda aquella situación.

     —¿Qué te parece si te llevo hasta la puerta y de paso dejo que tus padres nos vean así? —rio con sorna.

     Cansada de todo aquello, ignoré su chiste y esperé pacientemente a que en algún momento me soltara, pero eso no ocurrió, al menos hasta que llegamos al interior del patio de mi casa. Tras dejarme en el suelo, aparté la mirada sin saber muy bien qué decir.

     —En fin. Ya nos veremos en el instituto —musité sin más, dispuesta a subir por donde había salido momentos antes, sin querer volver a encararlo. Sin embargo, antes de siquiera tomar la cuerda, su mano agarró mi muñeca, haciendo que me voltease a verlo.

     Nada más hacerlo, sus labios volvieron a presionar los míos con vehemencia mientras que al mismo tiempo tiraba suavemente de mi muñeca para que me aproximase. Cautivada una vez más por sus carnosos labios y su suave pero ardiente beso, volví a bajar la guardia, dejando que colocase mi brazo alrededor de su cuello e hiciese yo lo mismo con el otro. Sus manos se pasearon libremente por mi figura hasta finalmente recolocarlas en dos sitios estratégicos que consiguieron ponerme la carne de gallina y unos fugaces escalofríos me recorrieran por completo: la parte baja de mi espalda y mi cuello.

     Suspiré sin poder evitarlo.

     Sus labios se movieron una vez más sobre los míos a la vez que su mano ejercía cierta presión sobre mi cuello, masajeándolo y acercándome más a él si era posible, para segundos después separarse de mi boca lentamente.

     En cuanto mis ojos se entreabrieron, se encontraron con los ojos plateados del pelirrojo. Grises como el metal, centelleantes cual cristal expuesto a la luz, y… tan profundos como el mismo deseo que estos expresaban. Mi cuerpo tembló ante tal intensa mirada.

     Su calidez fue desvaneciéndose a medida que su cuerpo se iba alejándose del mío. En silencio, se apartó lo suficientemente de mí y, seguidamente, me dio la espalda, comenzando a caminar.


     —Hasta mañana, morena —fue lo último que escuché decirle antes de verlo desaparecer del lugar.