¡Bienvenidos/as a "Jugando con fuego"!

Lo principal, advertiros que este fic contiene temas sensibles, aunque ya deberíais saberlo
si le habéis dado a "continuar" cuando os saltó la advertencia de contenido adulto.
Como podéis observar este fic es muy distinto a los anteriores,
aunque cumple con algunas semejanzas como que no diré el nombre de la protagonista
para que podáis introduciros de lleno en la historia, que procuraré que solo narre
la protagonista (a no ser que haga algún capítulo especial), etc.
Gracias por leer, ¡y a disfrutar de la historia!

sábado, 22 de julio de 2017

Capítulo 7:

     Las horas restantes de instituto transcurrieron con extrema lentitud. Después de haberle expresado a Castiel mi conformidad respecto a hacer el trabajo con él, no volvimos a dirigirnos la palabra. Eso sí, todo lo que no llegamos a exteriorizar con nuestras propias cuerdas vocales, parecieron manifestarse con el simple brillo de nuestros ojos.

     Al terminar el instituto, recogí mis cosas y, como siempre, me dirigí a la taquilla para guardar algunos libros y coger otros. Estaba a punto de terminar mi cometido cuando sentí una presencia tras de mí. Nada más girarme, me encontré con los ojos plateados e intensos del pelirrojo.


     Se aproximó un tanto más y apoyó una de las manos en la taquilla de al lado, arrinconándome—. ¿Tienes algo que hacer hoy? —preguntó sin más, sin apartar su mirada de la mía.

     —E-ehm... N-no sabría decirte —contesté, apartando un tanto la mirada, algo intimidada por aquellos orbes metálicos que comenzaban a volverme loca con tan solo verlos, y fijé la vista en su camiseta de Winged Skulls de color rojo—, tengo que hacer los deberes, estudiar, ordenar un poco la habitación... y, bueno, supuestamente sigo castigada. Sin portátil y sin poder salir.

     —Supuestamente —volví a mirarlo al notar el tono sarcástico con que dijo aquello y observé cómo una sonrisa de lado se había dibujado en su rostro—. Quedamos hoy, en mi casa. Supongo que ya sabes cómo llegar —iba a reprocharle, pero me interrumpió—. Dile a tus padres que hemos quedado para hacer el dichoso trabajo —me quedé pensativa por unos instantes, pero finalmente acabé asintiéndole—. A las 5. Más te vale no hacerme esperar, enana.

     Tras decir aquello último, se apartó ligeramente de mí y, tras sonreírme, se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la salida del instituto, manteniendo la mano levantada para despedirse de mí.

     Mientras tanto, no muy lejos de allí, aquella rubia de cabellos rizados y ojos turquesas no se había perdido ni un ápice de la situación en sí. No iba a rendirse tan fácilmente.

*     *     *

     Tras llegar a casa, dejé rápidamente la mochila en mi habitación y me apresuré a ir a la cocina para ayudar a mis padres a poner la mesa. Mi idea era hablarles sobre el hecho de que me dejasen salir esa misma tarde durante la comida, pero una vez que nos sentamos en la mesa, papá encendió la tele y, como siempre, empezaron a hablar de temas arbitrarios, entre ellos, algunas deudas que se habían quedado atrasadas y que debían de ser pagadas antes de que se amontonasen con otros pagos.

     El sonido de la tele de fondo y la conversación entre mis padres comenzó a incomodarme cada vez más sin poder evitarlo. Pocas veces habían sido las ocasiones en que mis padres me habían castigado, y eso, sumado al respeto que les tenía, me causaba cierta tensión.

     Recuerdo que una de las veces que fui castigada fue cuando, de pequeña, con unos 9 o 10 años, me pillaron cogiendo dinero de la cartera de mi madre para poder comprarme algún capricho. Se enfadaron mucho conmigo, pero tras disculparme con ellos y prometerles que no lo volvería a hacer, me perdonaron y me dijeron que si necesitaba dinero para cualquier cosa, que pidiese antes permiso y ellos mismos me lo darían si consideraban que era necesario. Desde entonces, me he vuelto algo más ahorradora con el dinero. Algún aspecto positivo tenía que sacar de aquella experiencia, ¿no?

     En un momento dado, dejé el tenedor sobre la mesa y alcé la vista hacia ellos. Al ver que no seguía comiendo, ambos desviaron la vista hacia mí—. ¿No vas a comer más? —mi madre se mostró levemente preocupada.

     —Ehm... No es eso —hice una pequeña pausa y respiré profundamente para sacarles el tema—. Hoy en clase nos han mandado un trabajo en grupo y, he acordado en quedar en casa de un compañero —antes de que pudieran decir nada, los interrumpí—. Sé que estoy castigada, es por eso que intentaré avanzar el trabajo lo más que pueda y me encargaré de volver lo antes posible a casa.

     Al terminar de decir aquello, vi cómo el gesto de mi madre se suavizaba, mostrándose conforme con mis palabras. Sin embargo, mi padre seguía sin estar muy convencido.

     —¿De qué asignatura has dicho que era el trabajo? —preguntó.

     —De literatura. Por lo visto el trabajo es bastante extenso y nos ha dejado una semana para terminarlo, así que tendré que quedar más días además de hoy —al ver que iba a volver a preguntar algo, añadí lo siguiente—. El profesor nos indicó que es obligatorio y que cuenta como nota de examen, así que es importante que lo entregue la fecha indicada —mi padre suspiró.

     —En fin, si no hay más remedio... —hizo una pequeña pausa, suavizando un poco el gesto—. Pero más les vale a los de tu grupo acompañarte hasta la puerta de casa cuando vuelvas.

     —Papá, no soy una niña pequeña. Puedo volver sola.

     —¿Sola? ¿Para que te pase algo mientras vuelvas? ¡Ni hablar! —frunció levemente el ceño—. Si no pueden acompañarte, iré yo mismo a recogerte.

     —¡Está bien, está bien! No volveré sola, lo prometo.

     Tras aquella conversación, el almuerzo siguió como de costumbre, aunque, al analizar lo que habíamos dicho, parecía como si mis padres creyesen que el grupo en sí éramos más de 2 o 3 personas, cuando en realidad solo éramos Castiel y yo. Finalmente, decidí no aclararlo, ya que de ser así, mi madre no pararía de interrogarme y mi padre se pondría en modo sobreprotector. Hablar de chicos delante de ellos nunca fue una buena idea... Ya había aprendido la lección y si algo había aprendido era que cuanto menos supiesen de cualquier relación que tuviese con algún chico, mejor.

     Al terminar de comer y de ayudar a recoger un poco la mesa, subí las escaleras que conducían al segundo piso para ir a mi habitación.

     A pesar de estar castigada, había conseguido mi cometido: los había convencido para ir a casa de Castiel. Aunque era cierto que el trabajo era extenso y deberíamos empezarlo lo antes posible, podía intuir que ese día no llegaríamos a avanzar demasiado, o al menos, si le dejaba caer mi decisión.

     No podía evitar sentir los nervios a flor de piel.

martes, 11 de julio de 2017

Capítulo 6:

      El resto del día transcurrió con aparente normalidad. Las tres primeras horas tuve la suerte de no coincidir en ninguna asignatura con el pelirrojo, por lo que pude pensar con cierta tranquilidad para así organizar mis ideas e intentar calmarme un poco.

     Estuve atenta a las explicaciones de los profesores, sí; pero en ciertas pausas y cambios de hora, mi mente se dedicaba a centrar mis pensamientos hacia aquel chico en cuestión. La balanza estaba estabilizada. Aunque fuesen pocas, tenía la misma cantidad de razones para decirle que sí como para decirle que no. En el "NO" estaban motivos como la vergüenza, el no conocer del todo al chico en cuestión o el que mis padres u otras personas lo descubriesen, mientras que en el "SI" estaban la curiosidad, la indudable atracción que sentía por él y el querer ver a dónde podía llegar a parar todo aquello.

     Mordisqueé el extremo del bolígrafo que tenía entre mis manos y alcé la vista hacia el reloj del aula que había colgado entre las dos pizarras, algo más arriba de estas. Quedaban a penas unos minutos para que el timbre indicase la hora del receso. Si me lo encontraba, ya no tendría escapatoria ni excusa de ningún tipo. Debería enfrentarlo y darle una respuesta.

     "No voy a obligarte a nada". Aquella frase resonó en mi mente por un instante, produciéndome un leve y agradable cosquilleo por todo el cuerpo. Mis mejillas se colorearon y el calor volvió a sofocarme por completo.

     Me sería difícil expresarlo, pero ya había tomado una decisión.


*     *     *


     El receso transcurrió con rapidez y por mucho que intenté buscar a aquel endiablado pelirrojo, no conseguí encontrarlo en ninguna parte del recinto. No sabía si sentirme frustrada o sentirme aliviada por no poder darle mi respuesta en aquel momento, pues a la par que quería dejarlo todo claro de una vez por todas, mi vergüenza era tal que podría quedarme sin palabras nada más tenerlo ante mí.

     Nada más sonar el timbre, volví a dirigirme hacia mi respectiva aula y dándome por vencida de encontrar al susodicho pelirrojo en lo que restaba de día a pesar de que este me hubiese hecho compañía en el autobús esa misma mañana.

     Me senté en uno de los pupitres que se encontraban situados al lado de la ventana y, al poco tiempo después, el respectivo profesor que me tocaba hizo su aparición y se colocó rápidamente en la mesa del profesor, haciendo que todos los demás alumnos de la clase terminasen de sentarse en sus respectivos asientos.

     Al cabo de unos diez o veinte minutos, llamaron a la puerta.

     ¿Se puede? preguntó, sin más, una voz conocida nada más abrir la puerta, captando mi absoluta atención y, sin esperar contestación alguna, entró en el interior de la clase.

     El chico sonrió abiertamente al observar que no había nadie sentado a mi lado y, sin pensárselo dos veces, se sentó junto a mí con total confianza. El profesor no dudó en regañarlo por el retraso, pero al ver que no le echaba cuenta, acabó dándose por vencido, siguiendo las explicaciones del tema que estábamos dando.

     Mis ojos se desviaron cautelosamente hacia el pelirrojo y lo observé de reojo. A pesar de su inesperada entrada y de haberse sentado a mi lado, no parecía que en aquel momento fuese a sacar de nuevo aquel asunto pendiente entre nosotros. De hecho, no parecía que fuese a dirigirme la palabra en todo lo que quedaba de día. Lo que no sabía era si lo hacía por consideración o por algún otro motivo.

     Volví a dirigir la mirada hacia la pizarra y no pude evitar removerme un poco en el sitio. Tenía los nervios a flor de piel, pues a pesar de querer hablarle del tema, no quería hacerlo en un lugar así, además de que tan siquiera sabía cómo sacarle el tema sin antes morirme de la vergüenza.

     La clase continuó con normalidad a pesar de mi inquietud y unos minutos antes de que volviese a sonar el timbre para avisar del cambio de asignatura, el profesor volvió a llamar nuestra atención.

     —Bien chicos, seguiremos con el temario el próximo día, pero antes de que os marchéis como locos, os emparejaré para un trabajo que debéis entregarme la semana que viene —el murmullo de los alumnos no se hizo esperar—. Esta vez he decidido hacer yo mismo las parejas para así no formar tanto alboroto ni tardar tanto al formarlas.

     Algunas quejas no tardaron en hacerse sonar, pero el profesor hizo caso omiso a estas y comenzó a dictar los apellidos de cada alumno con su correspondiente pareja. Cuando finalmente llegó a mi apellido, hizo una pequeña pausa y me dirigió una leve mirada para finalmente decir el de mi compañero de pupitre.

     Mis ojos se abrieron de par en par mientras el profesor seguía dictando apellidos con total naturalidad. Desvié la mirada hacia el pelirrojo al instante, encontrándome con sus grises y gélidos ojos, y al instante después, el chico hizo una leve mueca.

     —¿Qué hay con ese gesto? —soltó un silencioso bufido, rascándose ligeramente el pelo y apartando la mirada, a la vez que su gesto se fruncía un tanto—. Si tan incómoda te sientes al estar en mi mismo grupo, solo tienes que decirlo... Hablaré con él, pero deja de poner esa cara.

     Apartó ligeramente la silla de su pupitre con desgana y cierta molestia, pero cuando estuvo a punto de levantarse para ir a hablar con aquel hombre, lo detuve.

     —E-espera... —mis manos habían agarrado la suya con fuerza casi de forma impulsiva y mi voz no había salido todo lo segura que me gustaría, pero cumplí con mi cometido. El chico desvió la mirada hacia mí—. No... no hace falta. Estoy a gusto si es contigo. No es necesario que vayas a hablar con él —mi vista se mantuvo fija en el suelo, sin poder evitar sentirme un tanto avergonzada.

     El chico se mantuvo en silencio durante unos segundos.

     Si hubiese alzado la vista en aquel momento, podría haber visto cómo una tierna sonrisa se dibujaba en su rostro y cómo su mano restante intentaba ocultar tanto esta, como el leve sonrojo que le cubrían las mejillas.